Los anhelos y deseos, a veces, deberían quedarse en eso, meras esperanzas a las que aspirar, quimeras para seguir soñando. Sin embargo, la realidad se las arregla para retorcerse y, en uno de sus pliegues, dejarnos delante de alguno de esos deseos cumplidos. El resultado, con el que no contábamos, es el desagrado. Me ha pasado, por ejemplo, con escritores o cantantes que admiraba de una forma platónica y excesiva cuando era joven. Por una de esas cabriolas de la vida he tenido la suerte de conocerlos y, por supuesto, me han decepcionado por el único pecado de ser demasiado reales. Había una canción, “Rueda de bailarina”, que cantaba Ana Belén con letra de Chico Buarte y Edu Lobo que me encantaba. Hablaba de todo lo que en la imagen de una bailarina clásica no se ve: “Ni las uñas sucias/ ni diente con comida/ ni rastro de una herida/ no se ve...”

Estas últimas semanas me ha vuelto a pasar. Soñaba con un instituto de pasillos despejados, sin empujones, sin gritos ni temor a que el juego adolescente nos acabara empotrando contra el pomo de una puerta o el extintor de incendios. Y se ha hecho realidad. Mira por donde esta vuelta al cole con protocolos para la “nueva normalidad”, nos ha dejado ante un sinfín de normas de circulación, limpieza, horarios adaptados, obligatoriedad de mascarillas… que ha despejado y silenciado pasillos y aulas. ¿Y ahora qué? Que no contábamos con que el alumnado, parapetado detrás de una mascarilla, sentado de uno en uno y conviviendo solo con la mitad de su clase (y esto durante días o semanas alternos en muchos casos) se encontraría también sin ganas de participar. El silencio lo ha ocupado todo, la distancia social ha hecho, al menos de momento, que las aulas se calmen y silencien de una manera antinatural.

Sé que encontrarán el modo, que se acostumbrarán, como nos acostumbramos a casi todo, a esta diferente manera de relacionarse que se nos impone por necesidad, pero por ahora echamos de menos la cercanía, el barullo, la intensidad adolescente de rostros completos que sonríen y se enfadan a boca descubierta. Y, por otra parte, qué triste tener que acostumbrarse a esto ¿no?

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