Análisis

manuel amaya zulueta

Sergio González en las Bodas de Canaán

De esta guisa, aunque refiriéndose al seleccionador nacional Luis Enrique, el estimado colega Alfredo Relaño intitulaba su columna en el diario madrileño del que fuera director durante tantos años.

Y seguía el periodista "Bien está lo que bien acaba y esto ha acabado bien". Exacto. Esto acabó bien -o medio bien- porque el Glorioso consiguió un punto de plata frente al submarino amarillo dos, o sea, el Villarreal. Y digo de argento porque el oro es para el empate fuera, no en casa, como aún se sigue diciendo.

Tal como hizo Luis Enrique, Sergio González, sacó un equipo para aguantar la supuesta avalancha de fútbol que se preveía iniciara el Villareal apenas el árbitro hiciese sonar la sirena, y así ir tirando hasta que principiase el último tercio del partido, sobre el minuto sesenta, más o menos, de modo y manera que dispuso sus dos pivotes defensivos preferidos, Alcaraz y el de nombre de santo de la Iglesia Católica en posición baja con el fin de soportar el técnico centrocampismo levantino, léase Lo Celso, el estupendo Parejo, con su buen pie derecho y el tosco Capoue; detrás la dupla habitual, el ex madridista con apellido de resfriado y el que saca con potencia los fueras de banda cuando éstos se producen relativamente cerca de la portería contraria; por las bandas un Iza (ceceo popular de Isaac) que cumplió, como mínimo, de la misma forma en que lo habría hecho Zaldúa, quien terminó entrando a los céspedes en las postrimerías del match. Y un quinto e improvisado defensa, pues Alejo jugaba pensando más en el peligroso Pedraza que en cualquier frivolité atacante. El de la banda contraria, ya se sabe, el avasallador Espino, que hizo un partido, como siempre acontece con el bravo charrúa, de notable alto. Sólo restaba arriba un Negredo que paulatinamente, es ley de vida, va a menos y que, si no la recibe dentro del área, su aportación al once es muy escasa o nula. En una zona intermedia y difusa brujuleaba Sobrino sin apenas oler el balón. El último en llegar y que aún no sabemos de qué juega y qué aportaba, luciendo sus rastas, uno de cuyo nombre no consigo acordarme, tal como le ocurriere a don Miguel de Cervantes respecto a alguna localidad manchega. La idea era cansar al contrario, o, lo que es lo mismo, llegar a la hora de partido, sin ver perforada la casapuerta del edificio cadista, efecto que consiguió, el mejor futbolisto que poseemos, (perdónenme que siga la moda pseudo lingüística del nosotres, etc., inventada para mayor honra y gloria de la Gramática española, por la ministra Montero).

Y como en las bodas del Evangelio el mejor mollate se escanció en la última media hora, sacando de su chistera mágica el coach catalán a nuestro mejor nueve, Choquito (sin papas por el momento), Álex, el incombustible Josemari y al galleguiño con saudade. Desde ese momento el Glorioso iba poquito a poco enmendando la plana a los contarios, el pelotón estaba más tiempo en la mitad de campo enemigo e incluso pudo haberse ganado el partido si nuestro Choco, apuradísimo por el empujón del hiperveterano Albiol, hubiera podido hacerle un cañito al meta rival en un pase sensacional de nuestro Josemari, jugador tan querido en Carranza.

Apostilla final: Menos mal que Iza agarró por los pelos al resbaladizo y jovencísimo Jackson en los minutos últimos del partido del punto de plata.

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