Análisis

Guillermo F. Jiménez Rodríguez

Sentimientos encallados

Todos elogiaban al animal, pero muy pocos se fijaban en el famélico muchacho

Diariamente, aunque bien podría decirse- más acertadamente- que a cada momento, los rotativos y cadenas televisivas nos vuelcan páginas e imágenes trágicas, penosas, atroces noticias que por lo repetitivas terminan creando esa postilla que encalla nuestros sentimientos y hace que no sintamos la profundidad que cada una encierra en si. Sin duda nos impactan en el momento en que las leemos u oímos, pero pasado un breve tiempo llegan a cicatrizar. Hacer una relación de las mismas llevaría a llenar páginas y páginas. Familias con niños y ancianos envueltos en mantas con los enseres en la puerta de la calle por desahucios habidos; pisos incendiados, a veces, con personas dentro, por la venganza de querer hacer el mal a su esposa o pareja; padres que matan a sus propios hijos, quemándolos o descuartizándolos con el mismo fin; una gran número de pateras, gentes desesperadas que acuden a nuestras costas; la estampa de niños famélicos; gente corriendo despavoridas o cuerpos rotos y destrozados por el bombardeo de una guerra cruel y así un rosario de sucesos. Estos hechos llegan a crear costra en nuestros sentimientos.

Lo presencié meses pasados. La mañana era bastante fría, a pesar de que estábamos al final de la segunda quincena de abril. La humedad reinante por una finísima capa de niebla mantenía el suelo ligeramente mojado. Los tenues rayos de sol no llegaban a romper la baja temperatura reinante. Un poco avanzada la mañana y había bastante gente en ese ir y venir a las actividades diarias. En Cádiz, era en la avenida principal, con acera bastante ancha. Semitendido en el suelo, sobre una arrugada manta un hombre, aún joven, delgaducho, no mal vestido y con aseado aspecto. Su pálida cara, su ceniciento rostro y amoratados labios eran una expresión de dolor. Su aspecto parecía estar sufriendo una enfermedad o haber sido consumidor, pasado, de drogas. El solo verle movía a compasión. Con un platillo limosneaba la caridad pública. A sus pies tendida, a todo lo largo, una preciosa perra. De color blanco armiño cubierta con una ligera capa canelada. No era una perra cualquiera, era una distinguida perra: fina, de singular aspecto, ojos vivos y bonita figura, carilla de lista. Reflejaba una lámina de distinguido pedigree, del que no carecería. Tendida en completo relax en pose de bonita fotografía. De sus tetillas succionaban siete u ocho carrochillos de tan bonito aspecto como la madre. Lógicamente había un corrillo de gentes que no dejaban de admirar y comentar la bella figura de la perra y los cachorrillos. Todos, tanto los que estaban allí, como los que se iban sumando hacían verdaderos elogios, sin embargo, nadie o casi nadie, muy pocos, se fijaban en el triste aspecto de aquel famélico y escuálido muchacho , casi moribundo que movía a compasión. En verdad ¿tenemos postillas en nuestros sentimientos?

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