Lo de San José

Pienso en esos docentes que han dado lo mejor de sí durante más de 20 años y ahora van a perder su trabajo

Llevo mucho esperando a una explicación convincente sobre lo de San José, el centro de secundaria cuyo local está arrendado al Obispado gaditano y que va a cerrar con las indeseables consecuencias de poner en el paro al profesorado y personal laboral del centro, y a más de 200 estudiantes en la dispersión y el acomodo que la Delegación de Educación pueda hacer, rompiendo abruptamente los grupos y separando a compañeros que llevaban años en la instrucción y el logro de las capacitaciones necesarias para el futuro laboral. Meses llevo esperando unas noticias fidedignas y preguntando discretamente a buenas fuentes sobre el horizonte del edificio, su rentabilidad y su futuro para el bien de la Iglesia, debo pensar. No ha sido la pandemia la causa de esta catástrofe emocional y personal de profesores y alumnos, ni los alquileres que hay que abonar al dueño del local, ni al contrato que expiraba este año. Lo digo porque desde el Obispado se expresó el deseo de poder solucionar las diferencias, no perjudicar a profesores y alumnos. Al menos eso me ha parecido entender en los retruécanos y elipsis a las que no nos acostumbramos. Pero lo cierto es que vuelan los días para el cerrojazo de San José, y los días traen la angustia que crece a los docentes y sus familias, y la incertidumbre a otra parte de la ciudad.

No, no acabo de entender el interior de este hecho lamentable, el cierre de un centro de secundaria en el corazón de la ciudad. La arrendadora ha aceptado mansamente su destino y el arrendatario ya está buscando una nueva fórmula de negocio, a ser posible de mucha más rentabilidad que el alquiler de un instituto de enseñanza concertada a unas personas, como es la ampliación del Geriátrico existente en una parte del antiguo Hospital de San José, la gran finca que empezaba en la fachada que se ve desde la calle Real y terminaba, prácticamente, al pie de los caños. Obispado y negocios, una vez más. Pero insisto en que llevo tiempo pidiendo que me expliquen esta especie de ruptura pactada, este “ea, se acabó”, sin el chirrido mediático que suele traer la destrucción de una empresa, educativa en este caso. Sólo la angustia de las familias de los profesores nos llega casi en sordina, en súplica: ¿qué podríamos hacer? Entonces Educación se ahorra un concierto y rellena sus propias aulas de aquí y de allí, y la ecónoma del Obispado contempla la posibilidad de mayor rentabilidad y el gobierno municipal espera a verlas venir, con independencia de las gestiones discretas que esté haciendo, o haya hecho, sin éxito, evidentemente. Pero insisto, sólo pienso en esos docentes que han dado lo mejor de sí durante más de 20 años y ahora van a perder su trabajo. Y en los alumnos…

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