Análisis

Rosario Troncoso Gonzalez

Refugio del frío

Es tiempo de niños y de los que dejamos atrás y olvidamos con la prisa diaria

En estas fechas, aunque pueda parecer egoísta, es mejor vivir un poco de puertas para adentro. Sí. Dejar a un lado el cabreo y la tendencia al cinismo ante la realidad circundante. Dejarse acariciar un poco, si se tiene la suerte de tener un hogar habitado y habitable, por todo lo que huela a cariño, ¿por qué no? No se trata de volvernos bobos de pronto, extasiados ante el alumbrado navideño (en Cádiz, ante El Corte Inglés nada más, me temo). No se trata de ignorar lo atroz de lo que hay fuera, sino de reconciliarnos con aquello que nos hace más humanos: todos tenemos frío. Y en medio del frío celebramos fiestas de base religiosa o no. Que cada cual le cante al Belén si le place, al Papá Noel del anuncio de Coca Cola, o a los siete enanitos de Blancanieves, es igual. Tenemos la excusa común para unirnos, una justificación para el abrazo y vencer ese bloqueo que nos impide escribirle al amigo del que no nos ocupamos desde hace meses, para desearle nuestros mejores deseos en abril, por ejemplo.

Es Navidad. Imposible sustraerse. Y es tiempo de niños, también de los que dejamos atrás y olvidamos con la ceguera y la prisa diaria, a pesar de que viven en nosotros. Nos griten desde dentro, llamando nuestra atención también sobre los abuelos, los que no están, y los que están todavía, en plena forma, siendo cimientos de familias enteras, en las puertas de los colegios, en los parques, a la salida de la academia de inglés o en la exhibición de gimnasia rítmica. Abuelos y abuelas que crían, educan, mantienen la cordura del futuro con nosotros y nos sostienen. Por eso estas líneas se las dedico a ellos, porque son los que consiguen que aún existan hogares habitados y habitables a los que volver y en los que refugiarse.

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