Se ha vivido este verano que a poco difumina sus calores y que camina lentamente hacia la estación de las hojas en declive, un revival de estilos y modas de otra época en donde la ignorancia hacia las señas de identidad de nuestra ciudad, parecen querer convertir El Puerto en una muestra de Magaluf sin guiris y de Torremolinos años 60-70. Un buen amigo, observador como pocos sobre nuestros aconteceres diarios, me corroboraba no hace mucho que de un tiempo a esta parte entreveía cómo se estaba dejando de lado nuestra verdadera esencia, nuestro origen, nuestra historia y nuestro sentido de ser, confundiéndose la pertenencia porteña con esa bisutería barata de fácil consumo, acicalada con encajes de enaguas antiguos, de carteles amarillentos rancios de color, y de lencería de usar y tirar. Que el señorío y la grandeza de nuestra gente se estaba confundiendo entre olores a brillantina, resacas de ginebra y olor a gasolina quemada de coches imposibles. Si en tiempos se ponía en valor que éramos una ciudad de ‘historia, cultura y turismo’, este verano se nos ha reconocido desde las siete esquinas del país a través de la nueva holganza de borrachera, peleas y trifulcas que se nos ha impuesto desde la duramadre del cerebro de unos cuantos que están encantados de haberse conocido a sí mismos. Ciertamente la programación veraniega ha estado enfocada a un público joven consumidor de música, no todos con billetes en la cartera y, por supuesto a algunos ‘cayetanos’ dejándose ver por el coso taurino saltando de taburete en taburete. El valor añadido al común de la ciudadanía que no tiene acceso a según qué cosas ha brillado por su ausencia. Que sí, que se han movido los bares con terrazas infinitas y sin control alguno, que los proveedores de siempre han ido estabilizando sus cuentas de resultados pre-pandemia, y que el turismo cateto y gamberro ha vuelto a El Puerto para gloria de unos pocos y malestar de la gente sencilla que ya no puede sentarse en las casapuertas a la fresquita por un quítame allá ese patín. Por contra –y me repito más que el ajo caliente-, la cultura y el patrimonio han vuelto a pagar incomprensiblemente el impuesto revolucionario de los ignorantes. Quienes sean.

manolomorillo@hotmail.com

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