Cuando llega septiembre, todos los años, me llega un remanente de tristeza. Hay recuerdos eternos mientras esa eternidad sea tu vida. Es inevitable. Duele el dolor templado de las evocaciones en el tiempo. Es Luis Berenguer. El novelista. El amigo. El que por las mañanas, de uniforme, pasaba junto a la fachada de la Compañía de María con rumbo a San Francisco para comulgar. O el que aquella tarde nos cruzamos Juan Mena y yo, que andábamos preparando la edición de Prohibido Paraíso, en la puerta de la Mallorquina, con su traje azul, con el que le diría su hija Nena, lo guapo que estaba. Murió esa noche. Parece que lo oigo. "El viento le devuelve/ las voces a la boca/ le abofetea la cara/ con diminutas briznas de salitre/.

Ese decurso metafórico era la poesía de Luis. El sentido profundo de su concepto para escribir. A don Luis Berenguer Moreno de Guerra y Cahigas, que hoy sería almirante, le parecía que el personal mayormente no sabía escribir. Más o menos como ahora. Don Luis Berenguer Moreno de Guerra, cuando hablaba de escribir, era arbitrario, avasallador, contradictorio, cultísimo y guasón y denominaba cenutrios a mucha gente de posibles, para él imposibles. Le gustaba Melville. Los capítulos que luego castraban los editores. Donde definía todas las ballenas y las escenas de caza y las de extraerles aceite o ámbar.

Don Luis Berenguer Moreno de Guerra atesoraba las grandes soledades que se abren cuando se pierde un paraíso. Mena, tú eres Mena. Grande. Tendrás una estatua.

Amaba la creatividad. La lengua abomasa rumiada en las entrañas. Comía las palabras, cenaba las palabras como venían del pueblo, dentro de cada estatus o profesión, luego leía y estudiaba, no como tantos y tantas. La laja del Corral, las anegadas, la arihuela, el rietiete, la piedra de los marrajos, la del muerto…Marcas solo conocidas por los profesionales de la pesca, cuando no había GPS, y palabras de sus vocabularios, lubricán, istrán, truel, palmejares, reverión, enjudia, aplacerar…Cojan el diccionario y comprueben cuántas no vienen ni vendrán; esa literatura barroca y bien estructurada tenía lectores y premios importantes de verdad, no como ahora. Corrompidos dicen por la política como todas las cosas que ahora son.

La mar, la muerte, el litoral cansado, la sal con su organdí flotando por las olas. La espuma rota como serrín de agua. Luis, amigo, maestro, la muerte es lo menos literario de la vida. "Ni la mar ni la tierra tienen gancho para aguantarnos. Garrea el rezón, el barco al garete…Así morimos y vivimos, garreando la realidad que está descalza…La angustia marejada en corazón. El recuerdo de levantera y cabotaje, cuando el corral de Vives va blanqueando la canal con la viruta batida del oleaje. Verdaderas astillas de plata. Porque era tu mundo Luis. Además del de Lobón y la escopeta y los cochinos y don Senén y la Zarza… Nadie cantó la mar con más poesía en prosa que tú. Dios mío.

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