Cuando la vida aprieta desde sí misma. Cuando las circunstancias más reales parecen irreales, y el dolor ungulado y creciente sube los interiores con regueros hinchados, edemas de pensamiento, más provocados que equivocados. Entonces me voy a la playa, a pesar del caño muerto -no votaré a nadie que no lo rescate-, que no nos devuelva la identidad salada del estero, antigua gavia de Paquiqui, el padre de los pobres, de aquellos tiempos duros.

Mentalmente, como tengo barriga, me pongo ropa de escudero, y espero a un caballero que desfaga tuertos pensando en los demás. Dentro, de todos los sentires, de todas las ideas, de todos los calambres alambrados, leo el Quijote, tan maldito en La Isla, que no lee, que no piensa, que paragramea la mitad de sus escritos.

La noche de San Juan de 1581 se celebró una audiencia del Concejo de Miguel Esteban, con la presencia de todos los alcaldes y regidores de la villa… ¿Serían como los de ahora? Con la burricie analfabeta pienso que sí. Debieron de surgir disensiones, diferencias, que hoy nos parecerían minucias, pero para ellos era su vida. Pedro de Acuña, que era muy mayor, azuza a sus hijos para que reparen agravios por él. Oño- ¿Nos suena? Consta, documentado, que los hijos toman una montura, una espada y un broquel y salen a perseguir a un miembro del concejo que huye despavorido. ¿Un tuerto a desfacer? Pedro de Acuña, dice Jiménez de Prado, médico del Toboso, plaza de Dulcineas e iglesias dadas, afirmó que su paciente padecía de gota y melancolía del celebro (cerebro) desde que fueron perseguidas las mujeres de su familia. A mí me encanta, de su confesión, que se erigiera como salvador de la república femenina.

Personalmente, aquí, mientras el levante condiciona la estancia de la arena, me da el ramalazo de cantar el episodio en versos retrógrados, sotádicos, como un capricho métrico para esas circunstancias, como siempre, igual que ahora que hay decadencia literaria extrema.

Recuerdo, inmediatamente, la mente es plaga de langostas tras la idea, recuerdo, digo una patraña en la que un fraile, llamado Alonso Quijada, del que escribieron que leía libros de caballerías y que se volvió loco. (Nunca se pudo probar documentalmente).

Y un penitenciado de la Inquisición, Agustín Hernández, quien acudiera al molino de Pedro de Morales y sacando una espada, atacase una cruz allí erigida, para que comprobasen lo bien que cortaba la misma. Cuando la derribó la arrimó al molino y la atacó en la pared. Los testigos le dijeron que era mala cristiandad y que los molinos, lo andaban mirando… ¿Nos suena?

Ah. El levante suena díapasonado y corto todavía. El calor es la osamenta vieja de la arena consigo misma. Me da sotádico y retrógrado. Trovemos por el ínsulo, donde, con pértigas, algunos/unas/ pretenden cabalgar.

Yelmo de Redentor y dulce amigo,/ peregrino y supremo caballero,/ perdido y retrógrado pasajero/ sentimiento perdido de testigo.

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