Con las brasas del Carnaval todavía calientes y con la Cuaresma y el olor a incienso metidos hasta el tuétano, las coplas siguen agarrándose a esa prórroga sobrevenida hace unas tres décadas que se llama Carnaval chiquito. Lo que empezó siendo una ocurrencia para recuperar una jornada aguada por la lluvia, se ha convertido en una tradición. Ya sabemos que aquí convertimos rápidamente en costumbre las cosas. Ya lo hicimos con las barbacoas del Carranza y pocos años después con esta forzada jornada. Fuera del Carnaval oficial pero casi tan oficial como el Carnaval. Es una forma de prolongar el jolgorio aunque para ello haya que volver a cambiar otra vez el chip para los que lo escuchan y a sacar del armario el tipo para los que lo interpretan. Uno, al que ya le cuesta seguir los nueve días de Carnaval puro, mira de lejos esta costumbre. Los que la consuman, que lo disfruten porque hoy sí que llega la hora del entierro.

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