DIARIO DE CÁDIZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Algo bueno tendría que tener esta primavera aciaga. Las lluvias oportunas y la falta de presión humana han provocado una explosión de color de esas tan denostadas hierbas silvestres.

Como un cuadro impresionista, los colores han aparecido por todas partes: parterres, medianeras, parques, alcorques, cunetas… y en cualquier resquicio que permita a una humilde hierba crecer.

Está el amarillo de los jaramagos, lotus y vinagretas; el azul violáceo de las anagallis y nigellas; el rosa de los cardos, silenes, ajos silvestres, alfileres y de las campanillas de las correhuelas; el rosa más o menos moráceo de las malvas y lavateras; el morado de las vivoreras y centaureas; el rojo de los rumex y amapolas; el blanco metálico de la paronychia, que por eso se apellida 'argentea'.

Hay otras plantas con colores menos vistosos pero con curiosas formas. Los grandes embudos blanco-verdosos de las aráceas, que en realidad protegen a una inflorescencia, con sus características y grandes hojas en punta de flecha; o las flores en forma de saxofón de las aristoloquias o candilillos. Ambas son trampas para que entren los insectos, se llenen de polen y, cuando logren salir, polinicen a las siguientes flores, porque, como nosotros, siguen cayendo en la misma trampa. No aprenden de la sabiduría evolutiva de las plantas.

Flores que alegran nuestros paseos, en estos tiempos tan necesitados de colores alegres, y alimentan a los insectos, sin los cuales no tendríamos ni frutas no hortalizas. Plantas necesarias en nuestras ciudades, pero maltratadas y tildadas injustamente de “malas hierbas”.

Este paisaje multicolor está a punto de desaparecer, pero no porque se acabe la primavera, que poco le queda, sino porque el Ayuntamiento ha decidido gastar dinero público, en tiempos de penuria económica, en envenenarlas, y de paso, envenenarnos a nosotros. Ahora que miles de personas recorren y descubren tantas calles, plazas, paseos, caminos rurales… en vez de adecentarlos y proteger la vegetación que de forma gratuita nos brinda la naturaleza, la quieren aniquilar. ¿Por qué les molestan tanto las flores silvestres? Los sucesivos alcaldes y responsables del Área de Medio Ambiente deben haber tenido algún trauma infantil con las flores silvestres, porque si no, no se entiende.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios