Análisis

Antonio Morillo Crespo

Planetas II

Por las noches hablo con ese Dios tan lejano y tan cercano que parece que me escucha

Hace unos días escribí un artículo titulado Otros planetas como la Tierra. Es una obsesión que tengo, sobre todo cuando de noche miro el cielo estrellado y me sumerjo en su inmensidad imaginando que vuelo por esos espacios infinitos y, de pronto, me encuentro en un planeta donde me veo inmerso en una sociedad extraña y fantástica.

Pues al poco tiempo, mi amigo y sobrino Bernardo Perea me envió un libro titulado Para salvarte, muy requetebién documentado, nada menos que de 1.300 páginas, 56 edición y 1.200.000 ejemplares. Galaxias, estrellas, planetas, distancias astronómicas y todo tan sincronizado y tan perfecto que es imposible exista sin un Dios creador. ¿Cómo y de qué manera? Dudas, argumentos, teorías, fantasías… Pero allá arriba están como testigos inexorables de un universo cuasi infinito del que somos parte inteligente ¿y finitos?

A los pocos días leo en nuestro Diario un formidable artículo de nuestro Fernando Santiago en el que narra y hasta ironiza con el despegue in crescendo de la gente a todo lo que significa religión. Me pareció que escribía las dudas y sueños de muchas personas que se debaten o nos debatimos entre la fe, la ignorancia y lo imaginativo. Decía: "la gente se ha dado cuenta de que se puede vivir y morir sin la presencia de la religión". ¡Y tanto! Pero eso no quiere decir lo contario y, en todo caso, la eterna duda del hombre. De todas maneras, me encanta que nos haga pensar con su buena prosa.

No pretendo polemizar ni con A ni con B. Pero cuando por las noches veo el cielo estrellado, hablo con ese Dios tan lejano y tan cercano que parece que me escucha y me duermo pensando que cuando muera, tengo que seguir viviendo y no me resigno a desaparecer en el polvo cósmico como unos cuantos átomos de carbono e hidrógeno. Que llegaré allá y me encontraré con mi hijo Manolo, que murió hace 20 años y que en su juventud soñaba con un mundo lleno de amor y solidaridad, justo y repleto de ilusiones. Mientras, hay que seguir luchando por esos ideales, porque la vida en la Tierra es demasiado corta y no me dará tiempo a hacer, realizar y soñar cuanto quiero. 400 años antes de Cristo, el legendario Sócrates creía en la inmortalidad del alma y se tomó la cicuta a la que había sido condenado por los prebostes de Atenas tan tranquilo, diciendo que su alma se encontrará en el más allá.

P.D. Totalmente de acuerdo con el final de Santiago. "Que quien debería dar ejemplo, castiga sin piedad al que le lleva la contraria". Le vendría bien al personaje, para tener conciencia, la lengua de fuego que tuvieron los apóstoles.

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