Don Salvador Lirondo de Laranga, sabio mustio y retorcido, quien definiera a la poesía como el único mundo separado del mundo que existe, se acercó a casa la otra tarde. Quería consultarme sobre un ensayo que escribe sobre tauromaquia. Cuando le pregunté que si sabía que era un tema maldito por los nuevos normales, me soltó el obús de su palabra: Mire, joven -Lirondo llama joven a todo el que tenga un año o un mes menos que él-, yo no conozco la ausencia de dinero y por ende hago lo que me sale de mis santos testículos que se secarán en este tierra inculta que es la nuestra. La vieja historia de la tauromaquia tiene asuntos inquietantes. Sucesos que no se darían en ningún otro lugar del mundo. ¿Conoce usted acaso, la aparatosa vida de aquel novillero, muerto en el verano de la República y que respondía al nomen de Chepa del Escorial? ¿Y la de Horchatero chico al que apioló un cinqueño contra un pilón en Galapagar? Y usted, con sus saberes, seguro que desconoce a Ismael Laurel, Cabezón de la Isla. Y la concomitante superstición de Blanquet, que se llamaba Berenguer, como Don Luis.

Anonadado y boquiabierto, le insté para que se explayara. Lirondo de Laranga sacó unas notas y continuó. En Talavera de la Reina, aquel 16 de mayo de 1920, a la hora de hacer el paseíllo Blanquet estaba visiblemente alterado, comentándole a su compañero de cuadrilla Enrique, El Almendro, primo hermano de José Gómez Ortega, el Gallo que percibía un fuerte olor a cera, y a medida de avanzaba la lidia aquel olor se incrementaba. Al llegar al quinto toro, Bailaor mataba a José. Volvió a sentir el olor a cera de hachón de catedral, en Madrid el día que toreaba con Granero. Aquella tarde Manuel Granero recibía una de las más terroríficas cornadas de la historia de la tauromaquia española a manos del toro Poca Pena del duque de Veragua y moría brutalmente en el ruedo, con la cabeza reventada contra las tablas.

Se retiró de los toros asustado por la posesión de ese poder anómalo. Pero volvió y predijo por el olor a cera de nuevo sentido la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, -dile a la luna que venga/ que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena./ ¡Que no quiero verla!-

¿Y qué pretendes con ello, como ensayo? Hacer constar que Blanquet era bizcotur, y que se inicia esa gafancia manzanillera en 1920, acabando con una de las piezas claves de la torería de la que se resintiera la Fiesta y ahora, en 2020, la pandemia que amenaza a la Tauromaquia. Ciclos. Rafael, ciclos. Y además que me la publico en Espasa. Así rescato historias de ése mundo perdido. Como el pobre Estebita de Fidel, Niño del Salitre, que murió en una becerrada en Méjico que se celebró el Día de los Muertos. (toco madera)

Bueno, y mi novia, que perdió la nalga derecha cuando toreaba en el campo a la vaca Vitola, de la ganadería de Arribas y cuando curó, decidió ponerse la nalga de madera, que yo respeto.

Cuando Salvador Lirondo de Laranga, sabio mustio y compungido, abandonó mi casa, sentí una fuerte desazón, una incomodidad muy sentida, y les juro a ustedes, que se me erizó la piel, vamos que se me puso de gallina.

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