Han puesto en Camposoto unas duchas para perros… Parece el principio de un cuplé de chirigota de otros tiempos, y quizá la noticia merece figurar en el repertorio de una agrupación carnavalesca, si no fuera porque las agrupaciones ya no tratan estos asuntos tan locales y porque quién sabe qué pasará con el Carnaval en los tiempos del virus. Pero sí, han puesto duchas para perros en la magnífica playa isleña, un lugar con unas instalaciones y servicios inmejorables, seguramente a prueba de cualquier examen de calidad en servicios públicos.

La noticia da para un análisis jocoso, sin duda, y para otro más serio, tal vez inapropiado para estos días de calor inmisericorde. Vayamos, pues, con este último. Siempre me ha parecido un derroche innecesario de agua la instalación de duchas gratuitas en las playas, y tampoco he comprendido la necesidad inaplazable que siente la gente de ducharse una o varias veces, aprovechando la ocasión para lavar sillas, mesas, cubos y palitas, antes de irse a su casa, después de un día de sol y agua salada.

Aún me pregunto quién sería el que pensó que todo eso era un derecho ciudadano y que la gente no podía esperar a llegar a su casa para lavarse con agua dulce. Imagínense lo que opino del que consideró que la ducha playera es un derecho canino. Amo a los perros, de hecho no pasa un día sin que me acuerde del que tuve no hace tanto, y sólo la memoria del dolor que pasé cuando hubo que sacrificarlo me impide tener otro. Pero siempre sentí que su cuidado, y la responsabilidad sobre sus actos, dependían exclusivamente de nosotros. Y si alguna vez lo llevé a la playa, estimé que el baño en las aguas del mar era suficiente para refrescarlo y divertirlo.

Pero así estamos. Hemos llegado a vivir como en una sociedad de ricos, donde sobra para duchar a los perros con el gasto público, y yo aún no me he enterado...

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