Avenida de la Armada es su nombre, y seguramente la institución homenajeada en su rótulo debería sentirse avergonzada por su aspecto. En las cercanías del también ajado Cuartel de Instrucción de Marinería, donde para bien o para mal cientos de miles de españoles tenemos guardados (o encerrados) días y días de recuerdos, la desolación se enseñorea en los arcenes y aceras, que sólo reciben una mirada y una pasada de cuidados cuando una alta autoridad estatal se digna visitar la zona. Cuando no, sobre las losas levantadas por raíces se amontonan horas de basura y hojas sin recoger de árboles que piden a gritos un jardinero, y en los asolados terrenos donde no hace mucho se levantaban dependencias militares crece una vegetación fea y larguirucha. Cada trecho, una rara evidencia: aquí los humanos recogen los excrementos de sus perros en bolsitas de plástico, sí, pero luego las arrojan al suelo con su sólido contenido, contaminando doblemente.

Algunos edificios en uso aparecen más cuidados pero extraños y despreocupados de su entorno, ajenos a aquellas hiedras salvajes que parecen a punto de asaltarlos. Rótulos ya envejecidos recuerdan más adelante que estamos en zona militar, pero más bien parece que estas fuerzas bélicas han sido derrotadas por la desidia, mucho más evidente aún en las cercanías del antiguo polígono de tiro, en el que ahora domina un comando gatuno sin miedo, regordete y bien cuidado de sí mismos y por las manos de algún voluntario benefactor con alma de veterinario bueno.

Las mareas crecen y bajan a los pies del puente de Ureña, que pierde piedras de sus muretes con cada embate del tiempo, y mira resignado desde su altura uno tras otro los derrumbes. Es posible que una y otra vez la pareja de patrulla de la Policía Naval te impida el paso, pero seguramente no tienen a quién reportar el descuido histórico, que ya se puede llamar atentado, que el paraje sufre.

El orgullo militar debería sentirse ofendido o al menos concernido por este abandono de años, por esta fealdad que a nadie parece importar. Las autoridades de Defensa, tan ligadas a esta Isla pero también aparentemente tan despreocupadas de esta relación, le deben al suelo sobre el que se asientan una migaja de presupuesto para adecentar su periferia. Los representantes de lo civil deberían también afear esta conducta al vecino y señalarle que la que mantienen sucia no es su casa solamente.

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