Como ahora si se protesta por algo lo tachan a uno de facha o de populista, quizá no sería oportuno airear los señuelos -políticos al margen- con que nos engañan a diario; pero voy a hacerlo, por eso pido perdón de antemano.

Se sabe que estamos sometidos a presiones de todo tipo articuladas de tal manera que todas, so pretexto de hacernos más felices, no tienen otro objetivo que condicionarnos la vida cotidiana. Ideologías aparte y ciñéndonos exclusivamente a lo material, el principio ya no es el Verbo, que dijo San Juan, sino la publicidad o, más concretamente, lo que ella arrastra: el culto al consumo y su maquinaria para conseguirlo, la mercadotecnia.

Si alguien se engancha a "las redes", puede ver las luchas que mantienen los que, sí o sí, se empeñan en crearnos paraísos fabulosos, previo pago de su importe, claro. Ahí están las guerras entre marcas de yogures, de zapatos, de cosméticos, de remedios naturales para curar padecimientos sin necesidad de utilizar medicamentos genéricos, que cuestan un riñón gracias a la libertad de precios que, como patente de corso le permiten a los laboratorios que, lógicamente, también se anuncian a pesar de que ni los propios médicos les tienen fervores especiales.

Lo cierto es que sentarse y ver en Internet los milagros que pueden hacerse con la cáscara de plátano, el vinagre de manzana o el jengibre, puede llevarnos al éxtasis o al convencimiento de lo ignorantes que somos y lo manipulados que estamos. Igual pasa con los estiramientos para evitar la lumbalgia o los problemas de próstata, que estarían solucionados con un simple licuado de perejil, cebolla, limón y una infusión de barbas de maíz. ¡Hombre, pordió!

Se mire cómo o hacia dónde se mire, estamos asistiendo a batallas feroces aunque, eso sí, no lo olvide, para proporcionarnos bienestar y que nuestra vida se asemeje al idilio de una hamaca atada a dos palmeras en alguna playa del Caribe.

Pasa también con los monarcas de los fogones a pesar de que muchos de ellos confiesan que se inspiran en lo que hacían nuestras abuelas en un anafe y sin presumir, aunque ellos lo mejoren añadiendo alguna chorrada esotérica, reduciendo la ración y bautizando el plato con un nombre larguísimo que, eso sí, saben decorar con arte -se supone que nunca mejor dicho-, culinario.

¿Y lo de las franquicias y las redes de distribución? En estas fechas que se acercan lo moderno es que todo se adquiera on-line (¿se dice así?). La publicidad ya nos ha convencido de lo conveniente que es hacer los pedidos a través de las redes. Dejar caer, como el que no quiere la cosa, en la inevitable cena con los compañeros de empresa: -Ayer, por cierto, recibimos en casa el pedido de langostas y nécoras-, no me diga que no es una gozada. Bueno, pues ya sabe: al alcance de cualquiera. Lo mismo pasa con los vinos, la ropa o el calzado. Tanto es así que hasta las grandes superficies están sufriendo el mismo calvario que ellas siguen haciendo pasar a los comerciantes de toda la vida y también se han apuntado al rollo on line.

No obstante, insisto, pido perdón por si molesto con mi crítica; no quiero pasar ni por facha ni por populista. ¡Lo único que me faltaba!

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