Análisis

Rafael Duarte

Pequeñas emociones de fogueo

Hay una revelación que es dolor. Pero hay un dolor que es sabiduría. Imposible de transmitir

Vuelve a ocurrir. De nuevo el temporal. El mar con sus gorgonas gigantescas, cabelleras de cieno y de medusa, entierra playas y estructuras. Ciego bosque de agua. Muere el sol. Hipocampos estigios azuzan la marea. Viejos pecios afloran para sentir el viento, vieja harpía que hundiera sus cimientos efímeros allá.

Estuve con fiebre, con su oleaje ígneo. Estuve leyendo Moby Dick, que aguanta inmortal como la vieja mar que todo lo revuelve. El mar duerme con uñas apretadas y le sangran las manos de la costa. No sé si soñé o lo percibí extracorporalmente. A lo mejor el alma es algo más que nuestro pequeño y ambicioso pecho. El blanco espectro de la espuma se alzaba ingente, ciego, alto sobre simas efímeras y sordas. El estruendo sin aves soñaba cataclismos más inmensos. Oía de fondo a mi mujer cantando el Ave María de Caccini. Algo espiritual que conectaba el alma más allá. Cuerda bucal del agua y la mañana.

El tigre heráldico del agua mordía la costa, como si no existiera. Y de súbito estaba en aquel barco. Era el Pequod con sus destilerías encendidas. A cada pantocazo del barco, pantoqueaba el aceite hirviente. Estábamos desnudos y sudorosos por el calor. Las sombras dibujaban monstruos de sombra y soberbia. La fragua de Vulcano y los caprichos de Goya en combustión. Era el barco de fuego. En medio de la galerna. El barco era una gota de madera en medio de aquel viento.

¿Qué éramos en medio de todo aquel vacío? Cadalso, Rousseau y Salomón no pudieron ser más pesimistas, más lacónicos, más dolientes. El hombre todo es vanidad. Todo.¿Para qué atesorábamos el aceite cetásico en medio de la tromba? Todo sonaba como el viento cuando choca en su origen. Juré por Rabelais, tan puro en su desgarradora ironía. Hay una revelación que es dolor. Pero hay un dolor que es sabiduría. Imposible de transmitir. Revelación ultrasensorial y efímera como la inflamación del oleaje, las maderas crujientes, el verde mate del jirón de espuma cuando vuela en metralla. El fuego rojo de la grasa afantasmando el miedo y el obscuro absoluto de la noche…

Me desperté. El tumulto y el viento aún seguían. Inma y Félix y la playa aplastada que excede a los políticos. El oleaje en pleamar. El desandar del agua sobre el agua. El vallado rodante con sus algas, los tendones del mar. Bravo y perverso. Claveteando conchas en la arena, tallando piedras, sombras, siluetas, demasiados esbozos para quedar. Agua, viento, locura, mar de leva. José Acosta Martínez relata en las Montañas, como crujen las amarras en las bitas cuando la mar de fondo hincha su corazón terrizo.

Inacabables cimas, metralla de mechones, alas de ángeles caídos la vieja espuma alzada. Como un faro de Urréjola. Entorchados de cúmulos internos…La antigua piel del mar.

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