Pepe Oneto

Su cercanía y calidez estaban siempre por encima de otras cuestiones

Cuando mi padre me pidió ayuda por tercera vez, me acerqué al féretro y ofrecí mi hombro. Era madera alegre, quería alejar de sí la tristeza que la rodeaba. Como si cargáramos a la Virgen del Carmen, introdujimos a Pepe Oneto en las entrañas de la Iglesia Mayor, plena de isleños y forasteros que lo querían, admiraban y respetaban. Al depositarlo frente al sacerdote, así a mi padre de ese brazo débil que sufre quien sufre y lo acompañé a un banco de las filas delanteras. Yo me quedé en pie, pocos metros atrás, junto a una columna, abanicándome con el rostro impreso de un sacerdote costarricense que daba gracias por la libertad religiosa.

La pulcra ceremonia permitió que me despidiera de Pepe por medio del recuerdo de los tiempos vividos: el primero, una cena en el piso de mis padres de la calle Arenal; Pepe y Paloma, también Eric. Éramos dos niños de la misma edad y cuando se hizo tarde nos acostaron juntos en mi cama. Por la mañana, como los amantes privados, Eric se había ido y yo amanecí solo. Treinta años después volví a verlo, a estrechar su mano, en el entierro de su padre.

Pepe Oneto era ese amigo de mi padre que venía dos, tres veces al año a San Fernando y lo llamaba para ir a comer a la Venta de Vargas o a tomar café en La Mallorquina. Recuerdo que intentó contratar a mi padre y llevarlo a trabajar a Madrid a la revista Tiempo. El día que murió Camarón, Pepe llamó a casa al fijo y fraguó Vida y muerte del Cante, la primera y mejor biografía del cantaor, firmada por un tal Enrique Montiel y prologada por un tal José Oneto.

Al hombre del flequillo rubio que tanto queríamos en Casa Montiel de Arnáiz le apasionaba el carnaval y muy especialmente las chirigotas. Rara era la pre-cuaresma que no bajaba de los Madriles para ir al Teatro Falla o a cenas con actuaciones carnavalescas a las que iba con mis padres y, en una ocasión, conmigo. Siempre que me veía me preguntaba por la carrera de Derecho, mi incipiente despacho profesional y, finalmente, por mis pinitos como articulista y escritor. Uno de los mayores piropos que jamás recibí me lo brindó Pepe el día que descubrió que el Montiel al que retuiteaba y comentaba los artículos de opinión en Twitter era yo y no el abuelo de Claudia, Rodrigo y Alonso. Me halagó aunque por otro lado me sorprendió.

Una de las últimas ocasiones en que estuve con él fue en Tánger-Tetuán en unas jornadas de Derecho y Periodismo que había organizado Fernando Santiago para la APC. Cuando me vio allí me dio un fuerte abrazo y se alegró al enterarse que participaba en una mesa redonda. Su cercanía y calidez estaban siempre por encima de otras cuestiones. Así era José Oneto Revuelta, maestro del periodismo español, un hombre esencialmente bueno e Hijo Predilecto de la Isla de León, alcaldesa mediante.

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