Análisis

J. García de Romeu

Parking Dulces

Siendo imposible no ver las obras, también resulta imposible el no opinar sobre aquel parking. Atrás queda aquella bandera de campaña en donde unos vendían El Puerto, y otros negaban que el mismo se llegará a realizar. Al final, rozando los cuatro años, nadie recuerda, protesta o habla de aquellos gloriosos días en que una obra fue motivo de campaña electoral. Criticar lo que cada cual dijo sería tan manido como hacer lo mismo que entonces ocurrió, marear una perdiz tiroteada y sin cabeza. Sin embargo, escuchar que a final de año estará terminado suena a campaña. Lo que un día se vendió como promesa de que no se haría, ahora se vende como fantástica obra que se terminara para el disfrute de los portuenses. Me quedo con una entrada a la ciudad sin camiones, con locales celebrando el fin de unas obras que solo les perjudican, con la suciedad de unas obras. Al igual que ocurriera antes, no deja de ser lógico que el parking sea un beneficio para la localidad, un motor para la zona, y una buena opción para atraer mas gente a un centro que necesita vitalidad. La gran pregunta ahora será cómo quedará, y con plena confianza en que quedará bien, me pregunto cómo será el final, y sobre todo cuando, pues nunca ninguna obra que anunciaba su final llegó al mismo a tiempo. La campaña será presidida por logros y objetivos cumplidos, el problema estará en quien venderá el fin de esta obra, y cómo. De seguro que unos dirán que apostaron por aquella obra, los que no apostaron por ella y prometieron otra cosa, dirán que consiguieron un nuevo proyecto mejor que el anterior. Pero al final, y para asombro de todos, como algo extraño y que sucede en pocas ocasiones, ganarán los portuenses, que contarán con una nueva bolsa, ganarán los comerciantes, que dispondrán de nuevos servicios para sus clientes, y ganará un entorno que aun me huele a varadero y a bodega, a talleres y levante en calma, a dulces y vinagres, un entorno que se ha ido transformando hasta convertirse en una digna entrada, flanqueada por la sinuosa curva de ese río y por una bella arquitectura bodeguera que encierra la esencia de aquel principio de siglo… y al fondo, la espadaña de un convento que mira a las salinas. Todo tiene su lado bueno, solo queda que el resultado final del tan manido, vendido y oportunista parking sea digno de uno de los sitios más emblemáticos de la ciudad… lo malo, como lo vendan en los últimos días de la campaña a las municipales.

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