Análisis

Guillermo Alonso Del Real

Paideia

"El que aprueba con éxito va la mar de bien; el queno es un cateto y un merluzo"

La educación es muy importante, importantísima, y en eso está de acuerdo todo el mundo. Los antiguos griegos le daban muchísima importancia, si bien su alcance estaba limitado a una estrecha franja de la población. Según ellos los ciudadanos tenían que educarse en la gimnasia, la geometría, la gramática, la retórica, las matemáticas y la filosofía. Eso lo explicó bastante bien don Werner Hager, y dejó bien claro que el objetivo general de la educación era que los educandos fueran virtuosos. Cierto que el concepto de "areté" (virtud) no deja de ser bastante amplio y, en consecuencia, confuso.

En nuestro tiempo todos coinciden en la grandísima importancia de la educación y rivalizan en exaltar sus grandes beneficios y cómo es preciso incluirla en las prioridades de cualquier Gobierno. En vista de eso también la emprenden a guantazos con quienes vean tan importante cuestión tras un prisma diferente al suyo propio.

En medio de la bronca queda el estudiante, zarandeado sin piedad por sus aspirantes a educador máximo, y también los contenidos de la enseñanza, sujetos a su vez a los vaivenes de la política educativa.

En esto los españoles somos tan originales o pintoresco, como en muchos otros asuntos; de modo que ningún Gobierno se limitará a introducir algunas modificaciones en un modelo más o menos estable: todos quieren un proyecto educativo propio, que generalmente tachará de un plumazo la totalidad del precedente. Creativos que somos.

En cada momento reciente de la historia se han considerado importantes determinados estudios. Por ejemplo, cuando un servidor estudiaba su bachillerato era preciso saber latín desde pequeñito, y, desde luego, el catecismo y otras materias religiosas, como la Historia Sagrada (con mayúsculas, no faltaba más).

Hace poco finalicé la lectura del sagaz y divertido libro de Eduardo Mendoza "Las Barbas del Profeta", y no pude menos que identificar bastante la experiencia del autor con la mía propia, aunque con matices. A él, por lo visto, le fascinaban las historias bíblicas y a mi, la verdad, me traían al fresco. También estudiábamos una Historia de España completamente falseada por razones ideológicas (era pleno franquismo). Tan falseada como mucho de la historia que se enseña hoy en Cataluña por razones políticas. A cada cual, lo suyo.

En todos los estudios habidos y por haber suele imperar la moda. Ahora saber latín no vale un carajo y, en cambio, es fundamental saber inglés y ser ducho en informática. El inglés el piedra filosofal que nos abrirá el camino hacia el triunfo; no de la virtud o "areté", ni hablemos de la felicidad: del triunfo. Lo de la felicidad del educando no parece importarle un bledo a nadie.

Grandísima importancia se otorga a los informes internacionales, por ejemplo el llamado PISA (No "pisha", queridos chiclaneros: PISA) Unos ochenta países se someten al arbitrio de ese informe, que mide las competencias de los chavales en ciencia, matemáticas y lectura, a más de otras zarandajas de menor importancia. El que aprueba con éxito va la mar de bien; el que no, es un cateto y un merluzo.

Es que educación y examen conviven lamentablemente asociados desde el origen de los tiempos. La pasión por dividir a los alumnos en listos y tontos es un cáncer que roe a educadores y educandos de forma inmisericorde. Y, sin embargo, la evaluación en sí no garantiza, desde mi punto de vista, una formación personal y colectiva que valga la pena. Ahora la pesadilla de muchos estudiantes de bachillerato es la famosa "nota de corte", que decide si van a convertirse en médicos o ingenieros, o bien en pobres desdichados filólogos, que es lo menos que se despacha en universitario. Bueno, en el peor de los casos el sujeto acabará siendo periodista, y allá él.

Sea como fuere la importantísima educación sigue siendo piedra de discordia en nuestro sistema educativo. En eso, "el que no está conmigo, está contra mi". Ahora es cuenta del llamada "Ley Celáa", que ha puesto sobre las armas a un montón de gente indignadísima, gente cuya gran mayoría me pega que no se ha molestado en leer el texto correspondiente, pero se mueven por consignas mal digeridas. Parece imposible que un debate educativo se desarrolle de forma racional.

En lo que a mi respecta, no tengo la menor intención de pronunciarme a favor o en contra, y eso que sí me he molestado en leer con detenimiento la Ley y, a bote pronto, veo cosas que me gustan más y otras que me gustan menos, o sencillamente, no me gustan. Pero es que opinar o discutir en medio de todo este ruido se me antoja completamente imposible.

Para acabar de arreglarlo, de la educación todo el mundo se atreve a opinar, con o sin conocimiento de causa. Es curioso, porque, en cambio, encuentro pocas personas que osen pontificar sobre cómo construir puentes, o cómo tratar afecciones renales. Bueno, rectifico: en esto último hay autorizadísimos opinadores.

Sí, si que es importante la educación.

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