C ADA vez que voy al Oráculo, se repite más o menos la misma secuencia. Sala de espera con gente que tose sin saludar y que mira su móvil al mismo tiempo. Carteles en diferentes idiomas de corridas de toros del futuro. Anuncios de empresas municipales y no tanto. La puerta del despacho que se abre. Mi nombre que sale de dentro pronunciado en voz alta. Yo que me levanto y accedo.

La licenciada en Oráculo (antes había auxiliares también, pero ya no) me mira a los ojos y decide cuál es mi duda. No tengo que decir nada, obviamente. La experta ya lo sabe. Por algo es servidora pública. Extiende sin orden unos pequeños artilugios sobre la mesa, que bien podrían ser huesecillos de algún mamífero inferior, y los mira tal cual se disponen. Carraspea y me mira por encima de sus gafas de cerca.

Hasta aquí, la escena siempre es más o menos igual. Sin embargo, en esta ocasión, la licenciada tarda en comentar la jugada. Parece sorprendida por el mensaje de sus piedrecitas amorfas. Como si viera en ellas la cara de Bolsonaro bailando sevillanas. Levanto las cejas para animarle a que se explique. ¿Qué ocurre?

Finalmente, la profesional que me atiende dice con voz de pitonisa: pagarás, pagarás por todo esto y más, aunque haya bonos descuento para familias numerosas y grupos de turistas. Mi confusión se solidifica. Yo no voy al Oráculo para que me amenacen, me quejo. Pienso que debe haber un error. Como si se hubiera traspapelado mi expediente con el de un alto cargo del PSOE local. No puede ser.

La licenciada mira el ordenador, tratando de confirmar mis datos y termina diciendo: antes veníais a preguntar por la guerra, si iba bien y tal, pero ahora solo venís preguntando por lo vuestro. Qué hay de lo mío, qué hay de lo mío, dramatiza la profesional. Pues nada, esto es lo que hay: un futuro igual para todo el mundo. Y son cincuenta pavos. Gracias.

Y así me voy esta vez del Oráculo, ya privatizado del todo, saliendo de la sala con cara de imbécil pero con el futuro mucho más claro.

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