Siendo niña veía a los adultos como seres sabios y maduros. Achacaba mis torpezas, mis dudas, mis errores e inseguridades a lo poco vivido, a lo poco aprendido. Con los años, pensaba, alcanzaría ese estado de madurez en el que, según yo intuía, había una respuesta correcta para todo.

Qué ingenua. Pronto descubrí adultos que, a poco que se les sometiera a un análisis superficial, demostraban ser más infantiles que yo. Luego fui yo misma la decepción. Mi ignorancia y mis debilidades siguen ahí, por más que pretenda acumular conocimientos y experiencia.

Nuestro mundo, esta sociedad occidental del siglo XXI que nos ha tocado vivir, está igual de equivocada que mi yo de los 80. Creemos que el ser humano, gracias a los avances científicos y tecnológicos, a la madurez de nuestras democracias, a la solidez de nuestros sistemas, tiene el control. Nos hemos endosado, como sociedad, los mismos poderes -y responsabilidades- que achacaban nuestros antepasados a los dioses. Por eso parecemos tan desorientados cuando algo escapa a nuestra voluntad, sea un virus o una borrasca.

Estamos lejos del conocimiento total, y mucho más de la capacidad de domar el mundo a nuestra medida. Ni somos omniscientes ni omnipotentes.

No disculpo aquí los errores de gestión o de previsión que se han cometido. Solo señalo que el ser humano tiene sus límites, al menos por el momento. Pese a las inversiones y al empeño de decenas de naciones, hemos tardado meses en dar con una vacuna. Pese a que una mejor planificación hubiera evitado muchos de los daños de Filomena, la nevada habría sido inevitable y, con ella, buena parte de sus consecuencias. Pese a nuestra falsa sensación de control, todavía somos como niños.

Haríamos bien en madurar como sociedad, reconocer nuestras debilidades y, por contra, actuar allí donde sí hemos demostrado que tenemos impacto. Es posible que no podamos evitar las tormentas, pero sí todo lo que como especie estamos haciendo para agravarlas. Estamos lejos de dominar el mundo, pero aún tenemos la capacidad de no estropearlo más.

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