El Novelty. Para los jóvenes de hoy: el Novelty estaba en la Plaza de San Juan de Dios esquina a Nueva. ¿Ya situados? En esa misma esquinita despachaban helados al corte: "¿Cómo lo quieres, nene?" El nene dudaba mientras arrugaba el billete de una peseta entre las manos y la chica de turno abría aquel cielo de delicias en medio de como una especie de humo tan frío como placentero. La duda era enorme, porque todo lo que había en esas cubetas era divino. "Dime. Los tengo de chocolate y nata o de fresa y nata, decídete." La duda ya era grande; pero finalmente mi pasión por el chocolate me hacía decidir. Había asimismo bombones helados. Eso era lo más delicioso que un ser humano podría llevarse a los labios…, un inocente, pues el destino me esperaba para saborear placeres mil veces más deleitosos que aquellos bombones helados que apenas los cogía con los dedos empezaban a derretirse velozmente; mas nunca tenía suficiente dinero para comprarme uno. Igual me pasaba en el cine con los anhelados bombones glaciales, cuyo vendedor de la ambrosía era el popular y amarillísimo Macarti, un tipo mal hecho que también distribuía a los pescaderos y fruteros de la Plaza cafés con leche de La Alhambra, por las mañanitas temprano y que disfrutaba una barbaridad, cuando en las bullas, se rozaba con algún culo hermoso. Era así. No podía remediarlo. Entre el Glorioso y los rozamientos se le iba la vida. Realmente es que él en eso del "fun" andaba escasísimo. ( Fun es vocablo que creé y uso entre mis allegados para hablar de los pecados -¿pecados?- de la carne).

Pues el Novelty era un bar, casi un salón de té, como explicaría un cursi, con frescos sobre estucos que cubrían la muy achatada bóveda y los paños que quedaban entre las salidas, con sus mesas respectivas, que daban a la calle Nueva. Una espesa atmósfera de humo de tabaco los domingos de lluvia o de nortazo del muelle.

En el Novelty, cada vez que iba al Columela (al lado de San Agustín, primero de bachillerato) veía al yankee o yanqui, sentado en la mesa más cercana a la entrada en aquella cafetería -se diría hoy- que a mí me parecía un edén irresistible. Oh, qué bonitas pinturas. Ningún bareto de Cai podía enorgullecerse de tales obras de arte, pensaba mientras me dirigía muy malhumorado a las clases de doña Elisa o de don Julio Monzón. Odiaba ir al instituto. Me aburría allí como una carpa en una pecera. Porque donde realmente me divertía era en el Novelty los días de fútbol. Qué maravilla ver allí al Bilbao.Y a Fidel Uriarte Macho elevándose por encima de Junquera, larguirucho portero del Madrid, rematando de cabeza a gol. Es que el Novelty tenía tele. Sin ir al estadio, sin salir de mi Cádiz, podía contemplar los golazos de Puskas, las carreras de Gento, diabluras de Kubala…, de todos los de la pelota, vamos.

Pero el Novelty ardería de verdad aquel dos de Mayo (vaya fechita) de mil novecientos sesenta y dos.

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