DESDE hace dieciséis años la docencia es para mí mucho más que un medio para pagar facturas. Los compañeros que me lean me darán la razón. Ser docente es más que un trabajo, y es imposible desconectarse de haber estado tantas horas nadando entre almas en crecimiento porque ellas no te olvidan. Siempre lo digo: trabajamos con material sensible, altamente inflamable y explosivo, a veces peligroso, pero siempre gratificante. Y servidora no concibe ya la vida sin la adrenalina del aula, donde exponerse es más arriesgado y apasionante que un directo en la televisión.

Entrar cada mañana y demostrar, ante cientos de ojos (sí, cientos, si no bajan la ratio ante las circunstancias, calculen), que no se siente miedo y aparentar seguridad en los pasos y en la forma de agarrar la tiza. Y digo aparentar porque sí que hay miedo, y en estos tiempos, más bien terror, pero es que quizás no como antiguamente, pero también, nosotros influimos, moldeamos, educamos y tenemos el poder, si nos dejan, de guiar a las personas en los años cruciales de sus vidas. Lo más preciado de esta profesión y no tiene nada que ver con el ego, es el reconocimiento y la admiración de tus alumnos que, con el paso del tiempo, saben que estuviste ahí y que les tendiste la mano. Y no les estoy hablando de utopías ni romanticismos.

Los claustros de profesores de cualquier centro educativo son (somos) el pulso del mundo, de la realidad, y no exagero si afirmo que también los cimientos. En las aulas se gesta nuestro futuro, y lo injusto es que los que mandan lo ignoran, o prefieren no mirar para no vernos. Y sí, les confieso que en estos días en que agosto da sus últimos coletazos, siempre he sentido vértigo por el final de las vacaciones, claro. Pero este año es distinto. Ni siquiera nos apoya El Corte Inglés, o si no, fíjense en la polémica por la grotesca imagen de la campaña publicitaria. O los grotescos somos nosotros. ¿No? Ya no hay vértigo, ojalá, sino incertidumbre. También enfado por la indolencia y la falta de empatía con nuestro gremio, y con toda la comunidad educativa.

Además de profesora soy madre, y puedo comprender a las dos partes vapuleadas por este batiburrillo de decisiones precipitadas y estúpidas que nos llegan desde “arriba”. Qué quieren que les diga. Ni siquiera es escepticismo. Más bien hartazgo. Faltan muy pocos días para septiembre y prometen pruebas masivas y muchas tablets para salvarnos del bicho, ¿no? Y yo sé que ahora no procede la queja, y que hay que seguir mostrando seguridad, fuerza y energía por si volvemos con el “coco” maltrecho y mascarilla a las añoradas aulas. A vivir esta situación no nos enseñó nadie, pero los profes sabemos improvisar. Quizás enseñando el modo de sobrellevarlo sea la forma de aprender también nosotros. Pero por ahora me voy a permitir nadar lo que queda de verano en las aguas claras de la esperanza, regodeándome un poco más en la nostalgia de la tiza.

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