Análisis

Manolo Fossati

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Arena artificial y forastera, paseos con palmeras de invernadero, hormigón y normalización de diseños harán de La Casería un lugar más contemplable y quizá tranquilizador, exactamente igual al de miles de pueblos costeros en todo el mundo, sin especial gracia

Este es, como todos, un artículo personal y subjetivo. Ustedes no tienen por qué saberlo, pero los más cercanos conocen de nuestra incorruptible pasión por Grecia, por sus islas, por sus mares, por su cielo y por su gente. Cosas de los amores: son inexplicables. Donde muchos ven o se imaginan pobreza despreciable y, en todo caso, espléndidas ruinas como huellas de un pasado muerto, nosotros vemos belleza en la que somos capaces de contemplarnos reflejados.

En ese panorama sentimental griego ocupan un lugar preferente sus tabernas frente, junto y sobre el mar, con sillas humildes y manteles de papel con el mapa de la isla dibujado en azul sobre blanco. En muchos casos, el sencillo mobiliario se asienta directamente sobre la arena o en una plataforma de cemento elevada a pocos pasos de sombrillas y tumbonas y de la orilla levemente cambiante, en esas mareas que ni suben ni bajan, tremendamente procuradoras de calma cuando el viento quiere desaparecer y las olas silencian.

Jamás se me ocurrió que estos pequeños paraísos domésticos de vino de barril fresco y cocina natural, sabiamente heredera de la pobreza, estuvieran atentando contra el equilibrio natural de unas islas bendecidas por los dioses, ni que a esas construcciones se les pudiera acusar de 'invadir' el espacio de la costa ni de atentar contra el equilibrio del ecosistema. Más bien he sentido siempre que nos ayudaban a restablecer y apuntalar el nuestro propio.

Esto que describo no es comparable a lo que ocurre con las casetas y chiringuitos de La Casería, condenados por los poco viajados a desaparecer. A estos les falta limpieza, orden, quizá un poco más de atención por parte de todos y cada uno de sus responsables, y a lo mejor les sobra tanta gente desde hace un tiempo, y el desorden incómodo que provoca la afluencia de coches hasta la misma orilla. Pero si se sabe mirar, sentir y discernir, escarbando un poco (vale, tal vez un mucho para otros) con buena voluntad y sin prejuicios, se puede encontrar todo eso que a tantos nos conecta con otra vida deseada, el 'lado griego' de las cosas.

Arena artificial y forastera, paseos con palmeras de invernadero, hormigón y normalización de diseños harán de La Casería un lugar más contemplable y quizá tranquilizador, exactamente igual al de miles de pueblos costeros en todo el mundo, sin especial gracia. Lograr un paisaje limpio pero auténtico es el reto. Para eso les elegimos.

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