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Análisis

Manolo Fossati

Más miedo da el agua

Nos debatimos en una lucha interna entre las ganas de retomar los mejores fragmentos de la anterior vida (abrazar a familiares y amigos, compartir bares o asistir a espectáculos) y el temor que nos ha quedado para mucho tiempo a repetirlos con naturalidad

Digamos que en estos momentos extraños, de desconocida anormalidad, nos debatimos en una lucha interna entre las ganas de retomar los mejores fragmentos de la anterior vida (abrazar a familiares y amigos, compartir bares o asistir a espectáculos) y el temor que nos ha quedado para mucho tiempo a repetirlos con naturalidad. Esta es una disyuntiva muy personal, naturalmente, y cada uno la resuelve como puede. Yo tengo un natural optimista difícil de contrariar, pero seguro que hay quien no ha pisado la calle aún, y habrá quien no lo haga hasta más allá del cuarenta de junio.

Y lo mismo se puede decir al contrario: hay quien resolvió el dilema en seguida y nunca dejó de saltarse las normas a su chulesca manera. Practicantes descarados de la libertad mal entendida que ahora a lo mejor se molestan porque mucha gente le acompaña en sus paseos. He visto a un hombre mayor pasar por delante de mi casa casi todos los días desde el principio, desoyendo el confinamiento y a cualquier hora. Al principio llevaba una bolsa de plástico levemente llena de artículos para disimular, aunque era imposible que sus pasos le dirigieran a ninguna vivienda ni comercio. Ahora ya no le hace falta, y se ha puesto mascarilla, eso sí.

La semana pasada, el invierno volvió de repente y con él unas lluvias copiosas. En esos días, no vi al señor independentista de sí mismo pasear. Tampoco a los muchos que tomaron la calle en las jornadas anteriores en actitud colectiva bastante alegremente irresponsable. La doctora que me acompaña en mi vida y cuida de mi entero ser sacó una conclusión inapelable: la gente le tiene más miedo al agua que al coronavirus. Es un fenómeno bastante extraño puesto que el covid-19 no llueve del cielo, al menos que se sepa, y su abundancia en San Fernando, una de las poblaciones más afectadas, no evitó las aglomeraciones de los primeros días.

Quién lo iba a decir, pero a lo mejor esta vez, más que nunca, la lluvia nos vino como agua de mayo.

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