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Yo te digo mi verdad

Tiempo para creer

Sale uno a un mandao y se encuentra la calle San Rafael como un día de los de antes de la guerra, de la guerra contra la pandemia

Si yo fuera creyente, ya estaría cansado de rezar. No sé si esto nos cogerá confesados, pero más vale. Después de la que hemos pasado y estamos pasando, pone el corazón en un puño encontrarse con tanta gente en la calle, no sabemos si esquivando el virus. Quizá toreándolo, pero en plan valiente, es decir, arrimándose.

Sale uno a un mandao y se encuentra la calle San Rafael como un día de los de antes de la guerra, de la guerra contra la pandemia. Si esta es la nueva normalidad, habrá que concluir que su rostro se parece bastante al de la antigua, pero con mascarilla. Si es usted creyente, rece. A los que no, nos queda confiar.

Pero es obligatorio reconocerlo: se vive una gran alegría al volver a sentarse en una mesa en La Casería y poder dar cuenta de un robalo recién pescado. Como antiguamente, saludar a Ortiz y a Muriel, aunque sea con el codo; como en los buenos tiempos, bromear sobre la gente y sobre aquellos que se han dejado perilla. "No te ha sentado mal el desconfinamiento" sirve para reírse tanto si uno ha engordado como si el otro ha perdido kilos. "Yo no me aburro", concluimos, y eso es válido para los dos casos.

Entre los comensales, a la distancia social recomendable, se adivina un cierto recelo inexpresable, sonrientemente temeroso, hacia los otros, y si uno estornuda él mismo se apresura a bromear "ojú, ya he cogido el virus".

En este primer día, aquí en el Club Náutico de La Casería, que a pesar de su nombre se aleja desde su raíz del pijerío, la totalidad de los clientes pioneros ha venido en pareja o como mucho en trío, y la nueva normalidad se asienta entre nosotros poco a poco, como pidiendo permiso, de manera cauta pero agrandando su sonrisa y soñando con que otra vez, pese a todo, va a ser posible.

Quiera Dios, exclamaría yo si fuera creyente.

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