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Análisis

Tacho Rufino

Nacidos para la deuda

Los desequilibrios inesperados en las cifras de ingresos, gastos y déficit públicos exigirán una nueva hinchazón de la deudaNuestros jóvenes son víctimas inocentes de una renovada urgencia por salvar los muebles

Si sólo hace cinco semanas hubiéramos leído que nuestra economía, medida por la variación del PIB, iba a caer más de un 10% en el año corriente y el próximo, y que por ello nuestro déficit público se iba a multiplicar por cuatro, hubiéramos entrado en shock, o calificado de manipuladores a quienes hubieran emitido dichos pronósticos. La caída en picado de los ingresos presupuestarios por impuestos directos e indirectos, así como los de las cotizaciones sociales de una mermada población trabajadora, va pareja no ya a la rigidez del gasto público, sino a su incremento radical por la necesidad imperiosa de inversión imprevista en Sanidad, la implantación urgente de ayudas sociales -ERTE incluidos-, las bombas de oxígeno y hasta desfibriladores para aplicar a sectores concretos o el crecimiento fenomenal de las prestaciones por desempleo. El resultante desequilibrio de los presupuestos del Estado sobrevenido por la brutal paralización económica por el ataque del Covid-19 no sólo dinamita la previsión del déficit público central, autonómico y local, sino que requiere -con simultánea urgencia- el recurso al endeudamiento: déficit y deuda van de la mano, tanto en una familia como en un Estado. Y aquí surge el problema. Y no es cualquiera. Es, de momento, el gran problema español del siglo XXI. Una reedición de la crisis de deuda de 2008, que, no se olvide, consumió la pólvora superavitaria de, por ejemplo, la llamada "caja de las pensiones". También mermó mortalmente nuestro sistema de salud.

En esta crisis, mucho más inmediata en sus daños que la de 2008 (ojalá no en sus efectos), España recibe un castigo inmerecido y azaroso; no así en la anterior, en la que la culpabilísima corrupción política infectó a las empresas y a las personas para décadas: para los jóvenes, a la larga. Llueve sobre mojado, una herida nueva sobre una cicatriz fresca, y en un cuerpo recién apaleado que apenas estaba recuperando brío. Esta crisis comienza en 2019 (de ahí el acrónimo COronaVIrusDisease-19), aunque nadie antes de ya entrado el 2020 pareció percatarse de la nueva tormenta perfecta. España es un país endeudado -o sea, están sobreendeudados sus habitantes presentes y futuros-, y sin remedio lo va estar mucho más. Depende de la velocidad de la reactivación económica que la nueva deuda que el país debe contraer sea asumible no ya a medio o largo plazo, sino a corto. Porque para endeudarse debe haber dos partes: un deudor y alguien que conceda a éste el crédito que necesita para tirar para adelante manteniendo unos esquemas de protección social dignos... y así evitar en los posible un porvenir empobrecido y revolucionario (revolución: cambio radical del estado de las cosas).

Un conocido hace sarcasmo de las declaraciones de la ministra Calviño: "Unos países europeos no deben salir de la crisis más endeudados que otros". Dice él: "Se descojonarían en Hamburgo si lo leyeran". Pero, en esta misma semana, el repunte de la curva de muertes y contagios hospitalizados ha golpeado a la propia Alemania, cuya gestión de la epidemia tenemos por ejemplar. Y bien puede que lo sea, aunque los caminos del coronavirus son más inescrutables aún que los del Señor: nadie sabe cuánto durará esto, y adónde resurge con crueldad o adónde remite, por no mencionar el inminente ataque de los ejércitos microscópicos al mundo más pobre, mientras que arrasa al más rico (Estados Unidos). Reenfocando en nuestro país, las necesidades de financiación exterior dependen de la credibilidad de nuestra gestión y de nuestro modelo económico -el turismo pesa demasiado-, y también de la armonía y "solidaridad" en una dialéctica Norte-Sur reeditada en la UE. Al final, los damnificados son nuestros jóvenes. ¿Cuánto? ¿Cuándo? ¿Cómo?, son preguntas prácticas. ¿Por qué?, filosófica, moral.

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