Desde que empezara a conmemorarse hace poco más de un par de décadas el Día Sin Coche, hasta su devenir en la Semana de la Movilidad actual, algo hemos aprendido. Lo que era una jornada lúdica y anecdótica ha pasado a protagonizar uno de los principales retos de la gestión urbana.

Hemos aprendido (aunque hay quien tiene aún la lección pendiente) que mejorar la movilidad no significa organizar una excursión en bici una vez al año o poner un descuento especial en los autobuses. Ni siquiera basta con invertir en unos cuantos kilómetros de carril bici y ensanchar las aceras o bajar los bordillos para que pasear sea una opción.

Para cambiar nuestros flujos de movimiento hace falta, como para casi todo, una visión clara de dónde queremos ir y un plan que englobe todas las acciones necesarias, sean del tipo que sean. De nada valen un puñado de kilómetros de carril bici si no llevan a ninguna parte o no se mantienen. De nada sirve un descuento de transporte si las líneas son lentas o irregulares. Y desde luego, ningún impacto tendrán estas inversiones si no vienen acompañadas de un poco de concienciación y mucha educación.

Y si a los gobiernos locales -al de ahora y los de antes- se les puede achacar una falta de estrategia o de inversiones; la falta de educación, desde luego, es cosa nuestra. Dobles y triples filas de coches mal aparcados en las puertas de los colegios, entorpeciendo el tráfico, el paso de los peatones y, de camino, dando ejemplo a las generaciones futuras. Peatones invadiendo los carriles para bicis, insultando a los ciclistas e incluso amenazándoles cuando se cruzan en su camino. Vehículos aparcados sobre vados, sobre pasos de peatones, montados en la acera sin dejar espacio para quienes van a pie y, mucho menos, a los que lo hacen en carrito o silla de ruedas. Ciclistas a todo pedal por aceras o calles peatonales, y motoristas que serpentean entre los coches.

Este año me ha pillado el toro, pero para el próximo propongo celebrar la Semana de la Movilidad respetando, sin más, las normas básicas de circulación y respeto: barato y revolucionario.

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