COAC 2023 Cuartos de final: ¿Quién canta hoy miércoles 8 en el Falla? Tercera sesión

Por fortuna mis amistades son muy interesantes. Incluso en los cumpleaños infantiles nuestras conversaciones no son banales sino muy estimulantes. Mi amiga Nuria suele abrir la veda de la reflexión, y la última vez nos hizo pensar en la dependencia que todos (sí, todos) tenemos de las tecnologías. Debatíamos acerca de cómo sería la vida ahora sin móviles, sin redes sociales. Cómo serían los días sin estar hiperconectados, localizados y sin el nivel de ansiedad que ya empieza a cronificarse cuando nos damos cuenta de que estamos obligados a comunicarnos, y quedar bien, de manera constante, responder de inmediato a los mensajes de Whatsapp, leer todo el contenido de los grupos del colegio por si acaso nos perdemos algo, no dejar en visto a personas concretas por aquello de los malos entendidos, y no permitirnos entrar en el bucle del agobio cuando sufrimos que nos cuelguen sin piedad de un par de aspitas azules que dan al abismo. Qué pasaría si no tuviéramos un apéndice en la mano con aplicaciones infinitas capaces de todo. Cómo sobreviviríamos sin poder hacer fotos de cada plato del restaurante caro o sin poder justificar un viaje con cuatrocientas fotos que demuestren que somos felices. Darle la espalda al progreso, abrazar la slow life, puede ser una tendencia creciente, pero sólo es una forma de alzar la voz para recuperar un poco de la humanidad, o el cuerpo a cuerpo real, que hemos olvidado (hay muchos reels en IG acerca de cómo no ver reels en IG y perder el tiempo). En esta extraña paradoja del ciberespacio nuestra existencia se vuelve líquida y estamos en todos sitios sin estar en ningún lugar en concreto, ¿conocen esa sensación? Vivir la vida sin vivirla: una atrocidad si se toma conciencia y consciencia de que no podemos huir muy lejos sin que nos pidan ubicación. Actuar como las avestruces y hundir la cabeza en el hoyo de la prisa no nos está ayudando mucho, y lo peor es que saboreamos, sólo de vez en cuando, el placer de olvidarnos que tenemos un smarphone. Seguro que han experimentado el relax interior, la paz, la calma, el nirvana soñado, al estar sin wifi, ni cobertura, en algún punto del cielo, lugar en el que tomamos altura, perspectiva, y seguimos funcionando como seres inteligentes pero sin interferencias, con esa opción maravillosa que todos llevamos incorporada: el sentido común. Últimamente he decidido reducir también el ruido para comunicarme mejor con mi comandancia interior, a la que tengo abandonada y con todos los tripulantes de la nave voladora de mi vida, veloz como el tiempo que se gasta en algoritmos. Me ha costado desactivar algunos datos definitivamente, y recaeré, como nos ocurre a todos los adictos a la huida de una realidad gris que deja que desear, claro. Pero mientras pueda, me pongo y me propongo para existir, para seguir, para crecer, el modo avión. Sólo así es posible aterrizar en un destino favorable, a pesar de las tormentas.

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