El Ministerio de la Verdad

Y ahora abra la prensa, escuche la radio, contemple los informativos y créaselo todo, ¿le importa eso a alguien?

El Ministerio de la Verdad, que tan de boca en boca corre ahora, en realidad amenaza con ser una comisión de control con la que el Gobierno trata de evitar la proliferación de opiniones en su contra. También, y ya de paso, la impunidad gubernamental para dogmatizar sus verdades oficiales que, como es sabido, siempre son mentiras absolutas. Algo parecido lo vi escrito hace años en 1984, la precursora e inquietante novela de George Orwell. Esto mismo allí rezaba como Ministerio del Pensamiento, cosa tétrica donde las hubiere.
Si cuento cuándo y cómo descubrí ese libro, tendré que decir que fue en una de esas librerías de viejo de la Cuesta de Moyano; allí, escondido, lo encontré. Me llamó la atención el título -1984-, le pregunté al librero, que por aquellos entonces sí sabían de qué iba la cosa, y me recomendó que lo escondiera entre los otros que llevaba conmigo.
El librero me despertó el interés, que es la reacción natural de un chaval ante lo prohibido. No entendí nada. No sabía nada de la teoría de la contradicción; que en las dictaduras los ministerios se crearan para ejecutar lo contrario de lo que anunciaban o para ocultar lo que realmente hacían, ¿le suena? Creo que lo dejé cuando, hecho un lío, llegué a leer que el Ministerio para la Paz era el encargado de promover las guerras y que éstas, verdaderas o falsas, se inculcaban como amenazas en las mentes de los ciudadanos, porque los ciudadanos que viven con un temor, siquiera impreciso, son mucho más dóciles.
Rebuscando, hace poco me lo encontré de nuevo. Si digo que ya todo fue diáfano, mentiría; sigue ofreciendo recovecos increíbles para la mente humana normal y corriente, pero hoy sí me coge advertido de que el Gran Hermano, aunque físicamente no exista, está presente en nuestro diario vivir, pero sobre todo -y es a lo que voy-: forma parte de la mentira y ésta es la única moneda de curso legal o, lo que es lo mismo, que la verdad no existe desde el momento en que el Poder puede manejarla a su antojo.
Lo evidente es que si a estas alturas se sigue sin distinguir las falacias de las verdades oficiales, mire usted, guardia, apague y vámonos; a este paso, a poco que cambie la situación o el decorado los Ministerios de Igualdad, de Educación, de Cultura y todos los que intervengan en lo social se unifiquen en uno solo, nacerá, como señalaba Orwell, el  Ministerio del Amor que, como todos los demás, estará centrado en ejecutar lo contrario a lo que rece en su enunciado.
Y ahora abra la prensa, escuche la radio, contemple los informativos y créaselo todo, ¿le importa eso a alguien? A corto plazo sí, a los que mandan, a los que deciden por usted porque les ayuda a mantener impunidades mientras operan entre la ignorancia propia y el desconcierto ajeno. A largo plazo, mejor, porque las mentiras de hoy serán dogmas mañana, como siempre ha pasado. Y viceversa. ¡Ministerio de la Verdad, qué peligro!

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