Cómo habría agradecido, cuando cursaba COU, encontrarme al volver a casa una serie como Merlí. Sapere aude. Hasta dónde habría llegado mi grado de identificación con los personajes, mi implicación y mi juego de complicidades con mis iguales de la época. En fin, que cada mes trae sus flores y me hube de conformar con lo que me tocó. Y a mis regresos vespertinos del instituto lo que me encontraba era la familia numerosa de Con ocho basta, donde no cabía ni el mínimo resquicio fuera del concepto del heteropatriarcado. Pero teníamos 17 años. Y qué más se puede pedir a la vida que tener 17 años y todo por delante.

Merlí, hay que decirlo desde el principio, es una exquisitez. Lo que se revela desde su preciosa cabecera adornada por música barroca. No puede haber serie mala que opte una selección musical tan distinguida. Escogida en buena medida por el propio autor y alma mater, Héctor Lozano.

Todos los personajes de Merlí tienen pegada fuerte. De todos quieres saber más. La profesora que interpreta María Pujalte, desde que aparece en el aula y se sube a esa tarima que chirría se hace con la concurrencia. Los alumnos elegidos para las tramas cuentan con suficientes dosis de conflicto y verdad como para llenar varias temporadas de ficción de primera. Y de los adultos que aparecen en los distintos episodios, aquí como secundarios, siempre te gustaría saber mucho más. Cómo están Silvia Marsó y Carmen Conesa. Me arrodillo ante Ana María Barbany.

Y una vez testados y reconocidos los talentos de David Solans y Carlos Cuevas cómo es el descubrimiento de Pablo Capuz, hasta dónde llega su ambigüedad y qué destinos puede alcanzar ahora que lo habrán anotado en su agenda todos los directores de casting. Un consejo. El buen gusto, la inteligencia y las citas filosóficas de Merlí se saborean mejor a pequeños sorbos. Sin atracones.

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