Era muy difícil distinguirlas. Las dos macetas tenían el borde de sus hojas parecido y el olor mentolado permanente. La abuela insistía en que no eran lo mismo. — ¿Va a ser igual aromatizar un caldo que una limonada?

Estas respuestas oscilantes formaban parte de la ciudad de entonces, sin acceso a la informática. Solíamos creer al más formal. En la palabra opinada podría haber errores, pero nunca un atisbo de mentira. Estaba el honor. Llamar a alguien mentiroso era ofensa de difícil perdón y mentir, una vergüenza difícil de olvidar. Posiblemente tampoco fuera justo, pero era así. Los negocios importantes se fijaban con un apretón de manos.

Con esto no quiero decir que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Eso sería una falacia y no vamos por ahí. La intención del artículo es la reflexión ante tanto charlatán que dice lo que sea, a quién sea, con la excusa que sea, sin estar seguro. Y asumir que esta facilidad de enhebrar mentiras entre verdades, nos confunde, nos perjudica y lo peor, aprendemos a imitarlas.

Todos conocemos nuestros derechos. ¿Tendrán que recordarnos nuestros deberes como responsables de los hijos o como ciudadanos?

Seguro que los adolescentes que se reúnen al atardecer en las plazoletas, han jurado a sus madres que no se van a quitar la mascarilla. Si son sorprendidos sin ella, encontrarán excusas.

Seguro que los que se han saltado el orden de las vacunaciones, también las encontrarán. Pero solo pagarán algunos.

La dimisión exigida a la señora Esther Clavero, paciente de riesgo, si es como ella nos ha explicado, me parece absurda e injusta. Su palabra, entre tanta confusión social, no les basta. Y supongo, como antes pasaba, que pudo haber errores, pero ni un atisbo de mentira. Su palabra parece más creíble que la de los charlatanes que empodera cualquier partido. ¿Qué es lo justo?

Exijamos la misma rigidez a quienes antes de las elecciones, criticaban que hubiera políticos ganando sueldos excesivos en plena crisis. Crítica mantenida hasta que cobraron ellos, claro. Y lo comprometido, será o serón.

¿Qué será de este mundo que trastoca o manipula el significado de mantener una palabra comprometida?

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