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Las conversaciones entre el príncipe Enrique y los dos herederos directos al trono británico, su hermano Guillermo y su padre Carlos, no van por buen camino. La entrevista televisiva de Enrique y Meghan con Oprah Winfrey ha conseguido conmocionar a una familia real a la que no se le dan especialmente bien las relaciones humanas. La revelación de Enrique de que su padre le pidió que "mejor le escribiese" para no tener que hablar con él en los meses previos a la entrevista dice bastante del carácter distante y la peculiar forma que tienen los Windsor de solucionar sus problemas familiares.

Y deja constancia de otra de sus características: los extremos a los que son capaces de llegar cuando se sienten ofendidos. Es algo que ya pusieron en práctica en otra ocasión televisiva, e histórica: cuando Diana dio la entrevista al programa Panorama de la BBC denunciando que su matrimonio era una farsa. Nadie se lo tomó peor que Margarita, cuyo desprecio por su vecina (ambas vivían en el palacio de Kensington) llegó hasta más allá de su muerte.

La entrevista fue para Margarita algo inadmisible. No porque lo que contase Diana no fuese cierto, sino por el hecho de contarlo. En su momento, en 1995, la confesión de Lad Di a Martin Bashir fue vista por 23 millones de británicos, el 40% de la población total del Reino Unido. Una bomba tan potente que la reina exigió de inmediato el divorcio del heredero al trono para que Diana dejase de ser familia.

Diana, en su comparecencia televisiva, llevó a cabo una de las mayores humillaciones posibles: Carlos, en 1994, dio su propia entrevista televisada en la que confesó que era infiel, con el consentimiento de Buckingham. Pero a ella no se le "permitía" hacerlo. El doble rasero, en acción.

El entorno de Enrique y Meghan denuncian hoy algo parecido: todos los intentos de reconciliación y de arreglar las cosas en privado van dirigidos a Enrique. Ningún miembro de la familia real se ha puesto en contacto con Meghan. Obviando algo fundamental, evidente a cualquier no royal: Enrique sigue casado, su mujer está embarazada de su segunda hijo, y el desplante continuado a Meghan es, aunque no sea algo que puedan concebir fácilmente en Buckingham, un desplante también al duque de Sussex.

La reconciliación parece imposible porque la entrevista de Meghan y Enrique ha roto definitivamente aquella norma interna que irritó tantísimo a Margarita: que las portadas dejen a la reina en segundo plano. Si Diana traspasó una enorme línea al hablar de la sucesión al trono, Enrique y Meghan lo han hecho al poner de manifiesto que en la familia real inglesa hay racismo. Una denuncia personal que, en pleno siglo XXI, se ha convertido en un arma arrojadiza contra la corona como institución.

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