Análisis

Montiel de Arnáiz

Matar al abogado

Es una de las profesiones más dignas, nobles y maltratadas que existen: la Abogacía

Sí, al abogado. No al ruiseñor, ni a la asesina -mujer y negra, que diría un imbécil- de Gabriel Cruz. Al que hay que matar es al abogado que la defiende, a ella, al Chicle o a cualquier indeseable que merezca garrote vil, previa amputación de órganos auxiliares y/o reproductivos. Ya lo advirtió William Shakespeare por boca de un personaje tiránico: "Lo primero que debemos hacer es matar a todos los abogados". Es lo más adecuado para preservar el Medievo.

Reconozco que, como letrado, me indigna la burricie que se está alcanzando en esta sociedad mediatizada por el internet y las redes donde cualquiera es catedrático en Derecho de Pernada y asesora "in pectore" a maltratadas que luego no son tales sino secuestradoras de menores de edad. Es el cualquerismo, faltar al respeto y la verdad desde un anonimato simpático basándose en la Libertad de Expresión. Y punto, eso es lo que hay.

Y, mientras, Beatriz Gámez, abogada de oficio de la maldita Ana Lucía, recibe amenazas y descalificaciones por mensaje privado y es criminalizada, publicándose su fotografía y su nombre y apellidos como si fuera el demonio mismo, o peor: la abogada del demonio. Pues sí, claro que lo es. Que lo somos.

Algunos no quieren entender qué es el derecho de defensa letrada, el que ejerce una de las profesiones más dignas, nobles y maltratadas que existen: la Abogacía (con mayúsculas). Poco hay más meritorio que asumir la defensa de un inocente salvo defender a un culpable, evitar que el sistema caiga sobre él sin matices, sin respetar el procedimiento y sus derechos, pasando por alto las Miranda Warning y las cadenas de custodia, evitando que la presión social provoque un daño desproporcionado que fuerce el dictado de una sentencia injusta. También lo dijo Shakespeare: "Juzgar a otro es juzgarse a uno mismo".

Así que, ya les digo, maten al abogado, eviten de este modo sus largas jornadas de trabajo y su alto índice de morosidad, impidan que se pague el yate con los dos euros/hora (liquidables a un año vista, si hay suerte) que abona la Junta de Andalucía a los letrados inscritos en el turno de oficio. Sólo de este modo, quitando al pobre leguleyo de la ecuación, agotarán y cercenarán el derecho de esos desalmados criminales a tener un juicio justo, con todas las garantías, eso que proclama la malparida Constitución Española, que conviene o no, según el día.

Sí, es cierto, hoy vengo a esta columna con la toga puesta, henchido de orgullo. Me siento imbuido por la fuerza inquebrantable y la suprema dignidad de abogados como Beatriz Gámez, Antonio Agúndez o Cristóbal Sitjar, a quien recientemente felicitó el Tribunal Supremo por su "profesionalidad y encomiable dedicación" como abogado de oficio del asesino de Ciudad Lineal. Así que sí, si hay que matarnos que nos maten, pero que no se olvide lo que Plutarco advirtió: "El tiempo de las armas no es el de las leyes".

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