No es que San Fernando deba buena parte de su historia a la Armada (que todos llamamos la Marina), sino que ésta es su historia, y casi todo lo que ha trascendido desde la anterior Villa a la actual Ciudad tiene que ver con su vinculación militar, ya sea de manera directa con las instalaciones y los profesionales, o por la esencial vía indirecta de la construcción naval. Por eso es inevitable que la mayoría de los museos que en La Isla existen estén relacionados con ese matrimonio histórico; por eso es bueno que, según publica este Diario, lugares como el Museo Naval, el Panteón de Marinos Ilustres y el Real Observatorio de la Armada estén entre los más visitados por turistas y lugareños. Por eso, resulta incomprensible que sea imposible visitarlos los fines de semana, días idóneos y que suelen ser las fechas que registran la mayor demanda en cualquiera de los museos de este país. Con un pequeño cambio en los horarios, seguro que sería posible que más personas disfrutaran de la rica, a ratos gloriosa a ratos complicada pero siempre intensa, relación entre ciudad e institución militar.

Y es inevitable que me venga ahora a la memoria la mala imagen que la Marina, como institución, tenía entre los sectores inquietos (¿cómo los llamo, si no?) de la ciudad algunas décadas atrás, tal vez por la directa relación que establecíamos entre lo militar y la dictadura del felizmente desaparecido Franco. Entre nosotros, Armada y régimen eran dos caras de lo mismo, y ese pesado y espeso velo nos impedía ver la larga trayectoria en la que, como decía antes, lo glorioso se alternaba con lo chusco, pero de la que sería posible rescatar grandes nombres y gestas, valga esa palabra tan antigua, además de incontables y ahora contados pasos de gigante para la humanidad.

Muchos de aquellos, en nuestras peores pesadillas, soñábamos con una Isla libre de militares, representantes entonces de todo lo odiable. Y no quiero decir que la culpa de eso era de unos jóvenes que no sabíamos ver la realidad, sino de una realidad oscura que nos impedía la visión certera. Aclarado el panorama, urge que todo lo luminoso siga saliendo, y que su luz nos siga mostrando todo: lo bueno, lo malo y lo regular de una institución y una ciudad irremediablemente unidas. Y que el compromiso sea el mismo por ambas partes, por supuesto.

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