A pulga sedienta todo se le vuelve perro flaco. La muerte de Emilio Recio en Medina, primo hermano de mi nieto me hizo ver que el dolor no es tan malo como imaginarlo, pero verlo e imaginarlo es de conmoción y tristeza. Eso y las enfermedades propias y de amigos, te ponen la baraja a punto de cierre. La vida es mar y en él nacen las marejadas. La arena es muerte pues aún regada nada crece en ella.

Con ese dolor duro sedimentado en mis arterías me fui a Versalados, al claustro del Carmen, donde leíamos Selu Morera, Carmen Navarrete Barrena, Francisco José Márquez Sánchez y Rafael Duarte, por este orden y con la gozosa inclusión de Ignacio Bermejo, hoy munícipe, pero poeta desde hace treinta años. La pujanza y el brío poético estaban en Francisco José. Algún hallazgo en Carmen, y en el nivel de los versos de todos. Pero gocé sobre todo con mi amigo Enrique Montiel, poeta que ha terminado otro libro y escribe un tercero. Estuvimos de tertulia. Siempre didáctico, abierto a los demás, a comentar los versos, analizar poemas, generoso Montiel, entregado Montiel. Leímos poemas del Libro de los muertosúltimo libro mío que Paco Ramos Versaladiensis honor, pondrá en edición próximamente.

Tragidramática semana. Emilio murió en un parque. Un vuelo mortal. La muerte de un hijo debe ser el dolor arrastrado eternamente. Vuelvo al hilo, al poema. Veo el claustro, siento la voz del coro. Miro al cielo. Ese color que tienen todos los cielos del mundo. El que está en guerra, el que está en violenta periferia, el de las cunetas y las procesiones. Al bajar la vista, en el mármol una solitaria hormiga busca comida. Ajena al cielo. A las viejas ventanas clausuradas, a las voces de los que leemos. La realidad es siempre una mezcla de sensaciones.

La vieja piedra conventual que ve pasar los siglos. El cielo subterráneo de la hormiga. El cielo nuestro de cada día. La cal, las voces, la hormiga. Contracción de lo efímero en más corto. El corazón ungulado, la taxidermia del dolor, tallando.

Bajo estos signos en el polvo, el marfil de la vida. Y la ventisca de la entraña. Tarde rara. Y además, en horas morirá Juan Martínez Infante, hermano de mi cuñado. El amor, a veces, para estas cosas no debería tener raíces. Entonces suena el verso de Carmen Navarrete sobre el sarcófago, el cuerpo comulgado por la piedra…

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