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La esquina del Gordo

Mañana será otro día

A nadie se le cae la cara de vergüenza de que un niño tenga que estudiar junto a una farola

Una de las historias que últimamente más me han conmovido es la del niño que hace los deberes junto a una farola porque su madre no puede pagar la luz. Lo siento, sé que hay otras más crueles y que la del niño es una más de entre esas otras impunidades donde se esconden los canallas.

Sin poder evitarlo, mi pensamiento se ha retrotraído a los años de la posguerra, cuando los niños de aquella época teníamos que hacer los deberes a la luz de un quinqué o de una vela. Me veo ante el buró que me regalaron después de hacer el examen de ingreso para el bachillerato, rodeado de sombras, con mi madrina al lado para hacerme compañía y echarme una mano ante mis dudas y mis distracciones, dada mi tendencia -según ella y con razón- a distraerme con la primera mosca y que con el paso de los años, demasiados, identifiqué a la falta de motivación en la escuela de los dictados, la geografía, la historia sagrada y la lectura, que me gustaban en proporción inversa al asco por las cuentas largas de dividir, mi castigo, mejor dicho, el castigo que mi maestra, docta en agujas de hacer punto, me imponía cuando notaba que me aburría en clase ¡de aritmética! porque había que cantar las tablas.

A todo esto, no quiero decir que en mi casa no hubiera luz porque no se pudiera costear, sino porque las restricciones eran un mal endémico en aquella España, una, grande y libre, incapaz de echarse la culpa de nada salvo a la pertinaz sequía y a la secuela de una guerra de la que, aún hoy, seguimos siendo culpables, incluidos los niños que no la vivimos aunque la padecimos.

Pero a estas alturas no estamos para recordar tiempos de olvidos. Si acaso para preocuparnos del presente que vivimos y del futuro que vivirán nuestros descendientes si todo sigue sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza de que un niño en España, en pleno siglo XXI, tenga que estudiar en la farola de su esquina porque su familia sea una de las muchísimas abandonadas a su suerte por culpa de políticos ineptos que viven a cuerpo de rey gracias al sacrificio del pueblo que les costea sueldos, primas, dietas y chalés suntuosos con vigilantes pagados también con dinero público, faltaría más, que para eso ellos hacen y deshacen leyes a su conveniencia y no tienen rubor en equipararse como Bienes de Interés Público (¿?) y aspiren a consolidarse como raza animal protegida por encima del lince ibérico.

Cabría preguntarle al niño de la farola qué siente en su interior; si su circunstancia la admite con naturalidad, o en su conciencia empieza a anidarse algún resentimiento contra los verdaderos culpables; y ya puestos, preguntarle a los sociólogos de pacotilla si en el niño, a medida que se haga mayor, crecerá en él un sentimiento de odio, de indiferencia total o desembocará en un revanchista con causa.

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