Análisis

francisco andrés gallardo

'Lydiando'

En 'Sálvame' llevan días cargando el programa con Terelu, la hija de su madre

Es como una realidad paralela más. El mundo se desmorona, el universo se retrae, pero siempre nos quedará Sálvame con sus historias propias. Historias de saldo, llenas de serrín, pero apetecibles para esa cuota fiel que mantiene encendido el botón número cinco para que les acompañe con todo esos escándalos y polémicas que avivan el poso cotilla que acumulamos junto al páncreas. En Sálvame las heridas de Cataluña no pasan de ser unos arañazos y las tramas de corrupción son un tema menor salvo que impliquen a la salchipapa Leticia Sabater o a Norma Duval.

De lo más preocupante que han vivido en estos días de octubre rabioso ha sido la complicada reconciliación del apenado Arévalo con Bertín por aquello de la foto con el Rey emérito y su paella compartida sin permiso. Un disgusto, vamos. Menudo problema que ha puesto en primer plano a este valenciano que compartió con nuestros padres tantos atascos con sus chistes de mariquitas. Un primer plano de selfie cutrón, como corresponde a esas historietas sobredimensionadas.

En un ejercicio gimnástico más allá de aprovechar la anécdota ajena, la productora La Fábrica de la Tele, la que monta Sálvame, es capaz de destilar gasolina con sus mondas de patatas. Llevan unos días cargando el programa con el despido o no de Lydia Lozano, la mujer que se comunicaba con difuntos desaparecidos, y de su comadre Terelu, la hija de su madre. Entre indignaciones, dignidades y referéndum con los espectadores, de la nada se han creado un dramón que ni el culebrón más sofisticado. Un Irreality Show. Inmundos para lelos. Menudo Matrix en el plató de las magdalenas,

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