A excepción de casos contados, los humanos vivimos en sociedad. De hecho, es una de las características que han permitido nuestra evolución, porque nuestros progresos son fruto de la cooperación. Incluso quienes descubren, inventan o crean en solitario lo hacen gracias al poso de sabiduría que dejaron generaciones pasadas.

Vivir en sociedad conlleva grandes beneficios. Pero implica, por contra, algunos peajes que hay que asumir. Necesitamos cierta organización para que la existencia fluya de una forma lo más aceptable posible. Hemos consensuado pautas de convivencia de todo tipo: desde leyes a costumbres, normas de circulación o gestos de buena educación. E incluso acatando estas normas, podemos decir que actuamos con libertad.

Yo, por ejemplo, no me siento coartada cuando detengo mi coche frente a un stop. Si así fuera podría saltarme la señal. Y atenerme, eso sí, a las consecuencias: una multa, un accidente. Porque ejercer la libertad obliga, por definición, a aceptar la responsabilidad de los propios actos.

Es cierto que incluso en una sociedad supuestamente democrática y libre hay situaciones de falta de libertad. Si estoy en desempleo y solo encuentro ofertas de trabajo precario, tengo pocas alternativas: tendré que optar por un empleo que me permita, mal que bien, subsistir. Sigo siendo libre de quedarme en paro, pero las necesidades humanas de alimentación y abrigo seguramente son más poderosas que las de dignidad. Como mujer, soy libre de pasear sola de noche, pero aún hay quien considera este hecho una provocación, y obliga a que me lo piense, poniendo sobre mí la responsabilidad de una hipotética agresión que solo sería culpa de quien la comete.

Por eso, cuando escucho a gente apelar a su libertad de comer phoskitos o no vacunarse, me enervo. Son libres de hacerlo. No vemos anuncios de tabaco en la tele y la gente fuma. Hay que pasar un examen médico para obtener el carné de conducir y, si me niego a someterme a él, nadie me obliga: únicamente no consigo el permiso.

La libertad es un asunto muy serio. Eso de lo que hablan son solo caprichos.

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