Existen costumbres, maneras, imágenes que por sí solas retratan momentos irrepetibles de la historia. No entro en la Historia que se apaña a medida de las voluntades y las ambiciones de los que mandan, sino a la intrahistoria del ser humano, íntima, doméstica, esa que está sembrada de conquistas menudas y que, al fin y al cabo, son las que realmente satisfacen al ser humano porque tiene la certeza de haberlas conseguido a pulso.

Quisiera hacer una especial mención a aquella generación cuyos objetivos inmediatos no pasaban de tener una lavadora, una estufa catalítica, un televisor… y ¡hasta un mueble-bar-librería!, señales inequívocas de prosperidad y que con las horas extraordinarias y el pluriempleo podían alcanzar semejantes niveles de vida e, incluso, ir de vacaciones aunque fueran en las residencias de verano de Educación y Descanso, tan proletarias ellas. 

Sin concretar fechas, este fenómeno empezó a finales de los cincuenta, principio de los sesenta, a partir de los Planes de Desarrollo. En Madrid se notaba con solo pisar Galerías Preciados en cualquier época del año, sobre todo su planta baja, donde reinaba el duralex y los artículos de aluminio adonizado. También era para nota los prolegómenos de las Navidades: ¡cuántos abetos sintéticos, cuántas bolas de colores, cuánto espumillón! ¿Y la llegada de las Primeras Comuniones? ¿Quién se resistía a no disfrazar al niño de almirante y a la niña de hada madrina? Bueno, en ese plan, con la salvedad de que el cliente se sentía libre hasta el punto de dejar en el montón aquella ropa que se probaba y no compraba.

El Corte Inglés siempre tuvo otro talante: el vendedor más pendiente del cliente y el cliente más dado a dejarse aconsejar. Íntimamente ya entraba convencido de que la calidad era el factor determinante, antes incluso de que fueran imponiéndose las marcas blancas, exclusivas de la firma de los señores Arrese-Álvarez para competir con las internacionales en calidades y precios. La producción propia y las centrales de compra fueron claves en estos procesos comerciales, aunque adquirir toda la producción de una fábrica supusiera un principio de dictadura que el tiempo ha servido para ponerlo de manifiesto, que enriqueció y arruinó a muchas empresas e inició el totalitarismo de los monopolios y las cadenas de distribución.

Ahora, cuando después de tantos avatares socio-económicos, se nota cómo aquellos imperios dejaron de ser lo que fueron -Galerías, vendidas por cuatro perras a un tal Cisneros, venezolano amigo de PSOE reinante-, y el Corte Inglés a merced de socios chinos en plan ERTE y en la venta de establecimientos para clarificar su economía, porque, no hay que engañare, el progresivo declive de la calidad de sus productos y, por ende, la pérdida de la confianza de la clientela unida a la adquisitiva, hoy representa un espejo, quizás el más significativo, de la situación precaria por la que atraviesa el país que, como la pandemia, afecta a todos los territorios y que su gravedad no se debe a una racha de mala suerte, sino a la mala gestión de los dirigentes, como todo aquello que se va de las manos cuando el cliente empieza a sospechar y termina rechazando cualquier manipulación más o menos encubierta.

Ya veremos cómo termina esto.

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