Esta obra del genial Buero Vallejo se estrenó en Madrid, en el teatro Goya, hoy tristemente desaparecido, en noviembre de 1962. Tuve la oportunidad de asistir al estreno y puedo asegurar que en pocas ocasiones he sentido tanta emoción, tanta admiración por un autor, tanta rabia por lo que con tanta valentía, pese a la censura de aquellos tiempos, se planteaba en la escena. Cierto que para Buero aquella permanente denuncia social siempre fue su forma de hacer desde que en el año 1949 estrenara “Historia de una escalera”, Premio Lope de Vega.
 
Para los que no tuvieron mi oportunidad ni tienen noticia del contenido de la obra, me permito hacer una ligerísima sinopsis de ella. Se desarrolla en el París de 1771, en el ‘Hospital de los Quince Veintes’. Un sinvergüenza soborna a la superiora para que le ceda seis de los mendigos ciegos que allí se acogen para tocar instrumentos musicales en la inminente fiesta de San Ovidio, no para rehabilitarlos en función de sus habilidades musicales, sino para divertir a un público inculto y grosero, a cambio de dinero.
Los ciegos descubren que les ponen una capa ridícula, unas grandes orejas de burro y unas gafas gigantes de mentira; la partitura se la colocan al revés para que los parroquianos lo vean y se rían. Hay tensiones entre ellos y finalmente los ciegos, entre cerriles y vanidosos, se avienen a la farsa por miedo a represalias posteriores. El decorado es patético. Uno de ellos acepta encantado en actuar de director encaramado en una especie de trono presidido por un pavo real, animal que simboliza la ignorancia fatua. Cantan canciones ridículas, picantes, que hacen las delicias del público analfabeto. Valentin es un filántropo que se indigna ante el espectáculo por la ridiculización de los ciegos, que han de balar como ovejas haciendo coro, pero lo echan a gritos y empellones. Y la farsa sigue.
Bueno, creo que con esta pincelada se sabe de qué va el argumento: La acción que refleja Buero Vallejo data de 1771, han pasado doscientos cincuenta años, y lo que cuenta era moneda corriente en aquella fecha. ¿Solo en aquella fecha? Sin embargo podría asegurarse que el desprecio es consustancial al género humano y que todos los intentos para redimirlo, educación incluida, son simulacros fallidos. Ahí tiene “El Concierto de San Ovidio” como ejemplo imperecedero: El abuso siniestro de cierta casta de seres humanos hacia los seres humanos indefensos y sin redención posible. 
Han pasado cincuenta y ocho años desde aquel memorable estreno teatral. Ha llovido mucho desde entonces sin que nada haya cambiado. O sí, posiblemente haya aumentado el número de actores y espectadores de semejante nivel y que pertenece inalterable la impunidad de los que montan esos espectáculos en beneficio propio, caiga quien caiga. 
Con una sola variante: Valentín hoy sería tachado de facha. ¡Hasta ahí podría llegar la cosa! ¡Con lo fácil que resulta montar  impunemente espectáculos grotescos! ¡Con lo cómodo que se gobierna a base de decretos, de truchimanes oportunistas, malabaristas de opiniones y trileros de escaparate.

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