Si hay algo que se puede dar por seguro en nuestro querido Concurso es que el fallo del jurado no deja indiferente a nadie. Ante el disgusto con el premio o puesto de una agrupación, dos son las tendencias de opinión habituales: o bien la de apreciar intencionalidad en el daño (“hay una mano negra”, “no iban a permitir que gane una chirigota como la nuestra”, “claro, como no son de Cádiz, no le dan el primero”, etc.), o bien la de la ignorancia del juez (“no tienen ni p… idea”, “no están capacitados para valorar una obra como esta”, “yo creo que no estarían ni escuchando”, etc.).

Lo que nunca parece pensarse es que el Jurado del Concurso no tiene una vara de medir. Es decir, esos criterios de evaluación que cualquier jurado valorativo de un concurso debería tener. ¿Debemos asumir “El gusto de los 5 de arriba” como dogma incuestionable? Véase el ejemplo de la gimnasia rítmica. Los jueces puntúan no en base a sus gustos, sino a unos criterios previamente definidos. Dificultad, ejecución… y dentro de cada apartado, se entiende que tal movimiento es más meritorio que este otro, y se puntúa más. Aunque existan discrepancias, al menos el jurado tiene algo que justifique que un participante es mejor que otro.

En unas oposiciones igual. ¿Se imaginan que una exposición oral se puntuara en base a “los gustos” del tribunal? Se escucharían explicaciones del tipo: “Sí, fulanito ha traído un trabajo muy completo, pero mira este chavá qué simpático, qué bien lo ha dicho to… po a mí me ha gustao más”. Las agrupaciones de concurso llevan un trabajo preparatorio descomunal en muchos casos, alcanzando niveles de calidad impresionantes, para que el único criterio sea “el gusto”. En fin, y si va a ser el gusto de 5 personas, ¿para qué demonios necesitamos los puntos?

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