La esquina del Gordo

"L'État, c'est moi"

Llegar a la conclusión de que aquí y ahora todos somos fascitas o golpistas es ridículo

Si en vez de decir España digo 'Escoña', no es coña, es una triste realidad ante la parálisis que sufrimos que, de seguir como vamos, parece que no queremos entender que está a punto de romperse, como lo predijo Ortega y Gasset en 1930 con su "Delenda est Monarchia". En esta ocasión, tristemente, el título sería"Delenda est democratiam", que creo que es peor.

Temer que ese sea el final del cuento es triste porque a esta democracia nuestra, gracias a la yenka del pesebreo, la están convirtiendo en una parodia, como se está viendo en el hemicirco de los Diputados, auténtica salvajada pornográfica que protagonizan los mismos personajes redivivos que, en aquellos años treinta, alumbraron el Frente Popular, único responsable del R.I.P. de la II República y que ahora, entre populismos de derechas, de izquierdas y un nacionalismo nauseabundo (como siempre) aspiran a cargarse la Constitución y todo el sistema democrático que nació a partir del 78 -nene, caca-, hecho con renuncias de todos los contendientes; unos para seguir en el machito, otros para hacerse olvidar sus pasados marxistas y mojar en la salsa, como suele ocurrir siempre en el mejor de los casos. Que hoy sigan insistiendo en partir de cero a base de chantajes o coacciones a gobiernos de pandereta y al contumaz analfabetismo patrio es de delincuentes comunes. Gobernar, vivir a corto plazo, dicen, es hacerlo miserablemente, con el egoísmo del náufrago en su tabla, pero sin necesidad, y más si el barco ha sido hundido por los mismos que tenían la obligación de mantenerlo a flote.

Llegar a la conclusión de que aquí y ahora todos somos o fascistas o golpistas es tan ridículo como el coeficiente intelectual de los que mueven los hilos para sus supervivencias particulares. Ahí están los que han hecho doctrina con sus posverdades, -amaños de las verdades que nunca llegaron a serlo-; de los inútiles que están al frente de todas las banderías políticas -ni siquiera merecen el calificativo de bandos y, menos, de partidos-; de los cerriles que siguen empeñados en aplaudir a los "suyos" e ir a muerte contra los de enfrente sin ni siquiera escucharlos, pero con más furia cuando sus medios son más sofisticados y están inmersos en las redes sociales, esa lima sorda, esa anestesia de conciencias, ese goteo de veneno diario del que se alimenta una casta que, pese a lo que digan, no son representantes de la mayoría de los ciudadanos que solo aspiran a vivir sin sobresaltos y con una discreta esperanza de que sus futuros no dependan del tapete de los juegos de azar de los jugadores de ventaja, impunidades incluidas.

Se vive con crispación, inseguridad y sobresalto. Cada cual está convencido de que en cualquier momento, como ya ocurre, aparezca un redentor exaltado -uno de los muchos dispuestos a salir de su madriguera- y diga la estupidez de aquél rey francés que ni siquiera se lavaba: "L'État, c'est moi". Lo mismo que ha intentado el Transeúnte de la Moncloa, Q.S.G.G.

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