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Análisis

teodoro león gross

Juan Marín sí estuvo allí

Tras sostener al PSOE, ahora aspira, con cuajo oportunista, a ser su bestia negra. Y quizá funcione

El adanismo consiste, básicamente, en actuar como si se empezara de cero.

Los viejos adanitas iban desnudos, como Adán y Eva, para recuperar la inocencia perdida con el pecado original. Y esa es la estrategia de Juan Marín. Su problema, claro, es que arrastra el pecado. El candidato de Ciudadanos pretende ser, como aquella película negra de los Coen, el hombre que nunca estuvo allí. Pero Marín, como Ed Crane, sí estuvo allí, toda la legislatura anterior. Se hace el nuevo, pero sabe que es culpable.

Claro que hay algo que ayuda a Marín, y es su aspecto de perfecto desconocido. A su modo tiene algo de hombre invisible, pero no invisible con truco, como H. G. Wells, sino invisible de fábrica. Es raro en hombres altos; se necesita un perfil muy bajo. De hecho en los sondeos nadie es tan poco conocido. La mitad de los andaluces ni siquiera saben quién es. Él es el otro. Y ahí se sostiene el discurso inocente de Marín, ese adanismo impúdico que ya le ha llevado a vetar al PSOE en el diálogo poselectoral.

En el fragor ha llegado a decir que representan "40 años de dictadura". Como un franquismo B. El problema para el adanismo de Marín es que sólo hace tres meses él era el gran colaboracionista.

Juan Marín sí estuvo allí, sosteniendo el susanismo, como en el pasado anduvo con el PP y el PA, pero su invisibilidad formidable le permite hacer el discurso adanista. Tras sostener al PSOE, ahora aspira, con cuajo oportunista, a ser su bestia negra. Y quizá funcione. En el interior, donde hay un prejuicio telúrico hacia el PP, crece; y en las ciudades, donde ha cuajado un hartazgo hacia el PP, por la corrupción o por su incapacidad para derrotar al PSOE tras cuarenta años, crece más. El hombre invisible puede despertar el 3D como protagonista visible de la política andaluza.

Habrá que aprenderse su nombre.

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