Balas de plata

Juan Carrasco

Juan Carrasco somos todos. O lo que muchos podemos llegar a ser

Que Javier Cámara es uno de los más brillantes actores españoles en activo ya se sabía, pero que a estas alturas de su carrera haya conseguido encarnar a un icono televisivo de un modo tan desenfadado y reverencial es algo que ha debido sorprenderle incluso a él. Me refiero al personaje de Juan Carrasco protagonista de una magnífica serie de HBOMax que acaba de estrenar los primeros capítulos de su tercera temporada.

La historia presenta personajes y situaciones que horadan nuestra memoria, que resultan extrañamente familiares y nos hacen sonreír lágrimas con la mirada, lo que no es baladí. Juan es un político en declive, antiguo alcalde de Logroño, que ha dado un paso hacia la política nacional a pesar de haber caído en desgracia dentro de su partido. Sin embargo, al mismo tiempo es un superviviente nacional, un mediocre eterno, alguien que hará lo que sea necesario para medrar, trepar, follar y todo lo que termine en "ar".  Carrasco no cejará en arrojarse a una espiral inversa (que lo lleva arriba y abajo laberínticamente) con tal de no hundirse en el fango que resulta ser la vida del común de los mortales. Y hasta ahí puedo leer.

La saga de Javier Cámara es del tipo de serie que recomiendo ver a todo aquel que no se dedique a la política, claro. Inteligente, ácida, adictiva y carente de vergüenza como una novela de Susana Martín Gijón (quien por cierto presenta hoy a las 19.30 en la Fundación Cajasol de Cádiz su nueva obra). "Venga, Juan" (Season 3) hace gala y conmiseración de todos los (muchos) defectos de nuestra casta, con todas sus castas. No es una crítica concreta al PSOE, al PP, a Podemos, Izquierda Unida, ERC, PNV, Vox o a Ciudadanos; todo lo más, lo sería a sus líderes y a sus estructuras, al falserío populista. Miento: es un torpedo que ha entrado por la línea de flotación anal del constructo político institucional.

Siguiendo la más clásica tradición de la picaresca patria, en las andanzas y tribulaciones de Juan Carrasco veremos el telediario. Es un bello escarnio, el que nos regalan sus guionistas, sobre las penurias judiciales, las anécdotas más tristes de las últimas décadas, las mierdas -heces- más pestilentes de nuestro recuerdo inmediato y, en definitiva, las ridiculeces insufribles de la corrupta política (que no es oxímoron). El Juan de Cámara se entronca en la raigambre común, se inserta en un póker impresionante de perfiles inolvidables: Lázaro de Tormes, el Buscón, Rinconete, Torrente y Bárcenas. Es un personaje huido o descartado de "Antidisturbios" y "Crematorio" (por ser demasiado real o explícito). Cateto, descarado, vicioso, ignorante,descastado, lo peor de cada casta. Tan conocido para todos nosotros que lo acogemos en nuestro hogar, le tapamos con la mantita y le dejamos dormir en el sofá tras robarnos las croquetas. ¿Por qué? Fácil. Juan Carrasco somos todos. O lo que muchos podemos llegar a ser. El terror de ambos hemisferios, enemigo íntimo de anglos, francos e italianos, torero y cainita. Uno de los nuestros, vamos. Porque Juan es, sencillamente, español, español, español. Y mucho español.

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