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Puente de Ureña

La Isla y la humanidad

En la Isla sólo Luis Berenguer y Germán Caos, de los que se quedaron aquí a escribir, tienen calle y libros y huesos

Hace ya mucho tiempo, antes de que la biblioteca Lobo se desmontase, existían en ella una alta variedad de Quijotes. Ilustrados en color, en blanco y negro, con distintos tamaños, y con diversas calidades de papel. Propongo una exposición de los libros para el 23 de abril, fecha de la muerte de Don Miguel, con participación, además, de tomos de bibliotecas privadas, de escritores, académicos, y amantes de su obra. Podría hacerse, al estar los fondos ya, en la nueva biblioteca.

Porque España es cicatera con la fama de los escritores, de tal forma que el autor más admirado del planeta yace en el convento de San Ildefonso de las Trinitarias Descalzas de Madrid, como constató un estudio de la RAE en 1870. Eso sí, machacados y mezclados con las removidas osamentas de un puñado de personas enterradas en lo que se llama o denomina una fosa común indiscriminada. La academia encargó una estatua del escritor, pero los huesos reales no aparecieron. Aunque las monjas tienen una tabla con tachuelas donde signan MC y un fémur. Todo esto, a pesar de que en el Convento profesaron su hija natural, Isabel de Saavedra, que asumió el nombre de sor Antonia de San José, al igual que su madre, "una dama portuguesa que pasó a llamarse Mariana de San José" y donde también era monja Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega.

Sucedió también con él, el mejor poeta del siglo de Oro. Lope de Vega, el gran Lope, fue enterrado bajo la protección del duque de Sessa, del que era secretario, quien pagó el funeral y el entierro en 1635. Pero la manda debió de ser insuficiente y como nadie se hizo cargo de la deuda, los huesos del dramaturgo fueron tirados a un osario común en la iglesia o en el cementerio adjunto que se encontraba en lo que hoy es la esquina de la calle San Sebastián. Tras varios traslados el autor más prolífico de la corte, desapareció para siempre jamás.

Velázquez, el autor de las famosas Meninas, con su cruz de caballero de la Orden de Santiago, también desapareció para siempre. Fue enterrado en la cripta de la Iglesia de San Juan Bautista de Madrid, donde descansó hasta la ocupación de las tropas napoleónicas. El templo fue demolido a instancias de José I, que buscaba europeizar los barrios madrileños. En el antiguo lugar quedó la Plaza de Ramales donde en 1999 se inició una campaña arqueológica para remover el suelo en busca del pintor, que no tuvo éxito.

Calderón de la Barca, también está en el olimpo perdido de las huesas. Más intrincado fue el itinerario de Calderón de la Barca, el autor de La vida es sueño, sepultado en 1681 en la Iglesia de San Salvador, destino donde reposó hasta 1840, cuando comenzaron una serie de traslados, hasta seis, durante los cuales se diluyó su rastro. Pero de Calderón pervive un presunto dedo. El metacarpo de la mano derecha es custodiado desde 1923 en el Centro de Documentación especializado en las artes escénicas en Barcelona. Por lo visto donación a un Cardenal toledano por una persona que se habría hecho con el dedo durante el traslado del cuerpo de Calderón de la parroquia de El Salvador a la Sacramental de San Nicolás.

De todos ellos quedan calles y libros. La cicatería es el alma de la mediocridad cuando impera. En la Isla sólo Luis Berenguer y Germán Caos, de los que se quedaron aquí a escribir, tienen calle y libros y huesos. Esperemos a ver qué deciden los ecos, las sombras, las palabras. La vieja fijación de los olvidos.

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