Leí la palabra tabú, independencia, sorprendiéndome al detectarla en un contexto que, de repente, se me antojó extraño, como uno de esos objetos, los ooparts, que aparecen fuera de su tiempo. Fueron apenas dos segundos, pero leí independencia, un premio a la independencia, y la expresión me noqueó como Alí a Foreman en Zaire. Pronto recuperé la compostura para, de nuevo, deshacerme de ella ya que me estorbaba ante tanta alegría. A Ruibal, a nuestro Javier Ruibal, le otorgaban el Premio Nacional de las Músicas Actuales por "la calidad de su larga trayectoria desde la independencia artística". Y ahí estaba, la palabra independencia recuperando toda la bondad que unos y otros le han arrebatado estos. Unas semanas de furia colectiva que casi consiguen hacerme olvidar que ser independiente podía resultar hasta un piropo y no un acto demoniaco. Independecia, independientemente, de las dependencias políticas.

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