Análisis

Guillermo Alonso Del Real

Igualdad

Cualquier persona a la que preguntemos sobre la igualdad entre los seres humanos, sea de derecha, de izquierda, o de ese lugar paradisiaco y perfecto al que todos se apuntan llamado "centro" afirmará con vehemencia su absoluta adhesión a tal principio.

Si nos atenemos a los documentos unánimemente aceptados, veremos cómo la Declaración Universal de los Derechos Humanos afirma en su Artículo 1: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos..." Y remacha en el Artículo 2: "Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición."

Quedándonos en casa, comprobamos cómo la Constitución vigente recoge en el Título I (De los derechos y deberes fundamentales), capítulo segundo, artículo 14: "Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social."

¡Así da gusto!

Claro que si descendemos a la más inmediata realidad nos toparemos con datos tan alarmantes como que la recuperación económica ha favorecido cuatro veces más a los ricos que al resto de la población y el 10% más rico de la población concentra ya más de la mitad de la riqueza total (53,8%), más que el otro 90% restante, como constata "Oxfam Intermon" y recoge Europa Press.

Es evidente que la igualdad sólo se da en términos teóricos, pero en la práctica no existe cuando nos situamos en una perspectiva económica. Una proyección social de este hecho denota que el acceso a determinados bienes asociados al bienestar queda restringido a una banda muy estrecha de la población española; mucho más a quienes pertenecen a ese 27,9 % de dicha población que se halla en riesgo de pobreza o exclusión social, nada menos que 12,9 millones de personas.

Es evidente que esa desigualdad se agrava por razones de género, pero no se puede restringir a ese tipo de discriminación. Quiero decir que en los estratos sociales superiores no se da tanto cómo en los inferiores. Una mujer rica o poderosa no sufre tanto esa lacra como una pobre, una asalariada, quien ordinariamente cobra un 15 % menos que su homólogo varón por una tarea idéntica o similar, según parecen indicar las estadísticas.

En consecuencia, las principales desigualdades presentes en nuestra sociedad se registran en el proletariado, y perdonen y no se ofendan, puesto que, por mucho que se haya censurado esa palabra, "proletariado" haberlo haylo, aunque eso de considerarse "proletario" nadie lo lleve bien. Quienes, entre otras cosas, controlan el lenguaje, han decidido barrer el terminacho, del mismo modo que está muy feo hablar de "lucha de clases". ¡Qué antigualla, válgame Dios!

La lucha contra la desigualdad debería, pues, entablarse desde una perspectiva económica y social y, desde luego también cultural.

No creo que sirva de gran cosa empecinarse en cuestiones tan escasamente relevantes como esa perversión cultural denominada "lenguaje políticamente correcto", que tanto complica la vida a nuestros políticos. Lo que sufrieron los candidatos a presidir Andalucía en el pasado debate, con eso de "andaluces y andaluzas", ya que no podían echar mano de la célebre arroba (@), que es evidentemente impronunciable. Tampoco me parece muy operativo esto de las cremalleras, botonaduras y otras metáforas textiles. A lo mejor podíamos intentar que el papel de igualdad entre sexos al que aspiramos, atacase a los estereotipos o modelos femeninos que propagan los medios de comunicación, la publicidad y hasta la música. Se produce una violenta colisión entre el discurso igualitario que utiliza la política y las organizaciones sociales y la más influyente presencia de esos perniciosos modelos en la cotidianeidad de hombres y mujeres; especialmente entre los jóvenes. Por lo menos estaría bien que las televisiones públicas evitasen determinados programas que promocionan unos personajes femeninos elevados a la fama por sus cualidades físicas o por sus distinguidas y opulentas vidas sociales. De las privadas no quiero ni hablar, con sus "grandes hermanos", sus "sálvames" y restantes bazofias culturales.

En el terreno de la educación me parece imprescindible que la discriminación por sexo existente en algunos centros escolares privados no pueda recibir en ningún caso un solo céntimo de dinero público. De la convivencia entre escolares de diferente sexo nace el mutuo conocimiento, del que normalmente derivará el respeto, o, al menos, lo facultará. Este planteamiento no pretende desautorizar las evidentemente bienintencionadas y ocasionalmente positivas actuaciones políticas hacia la igualdad entre hombres y mujeres, sólo se intenta aportar algunas ideas que podrían coadyuvar a su logro.

Y bueno, queridos amigos, que hoy toca ir a votar y os invito a hacerlo con libertad y buen criterio. No hacerlo me parece un error (respetable,ojo), pero luego no vale quejarse.

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