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Análisis

rogelio rodríguez

Iglesias sospecha algo

Es una declaración de intenciones el guiño de Sánchez a Casado a su nocivo aliado

La política se ha polarizado. Y, con los políticos, también la sociedad. Es un hecho constatado y alarmante, aunque existen algunos indicios para pensar que el desguace del sistema frenará su espiral, al menos de momento. Sin elecciones a la vista -los próximos comicios se celebrarán en Andalucía dentro de dos años- se abre un tiempo de tregua que concederá margen para que los grandes partidos confluyan en acuerdos de Estado. La renovación del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional y TVE está ya sobre el tapete. Le interesa al PSOE, a Pedro Sánchez, si aspira a gobernar sin depender de populistas de izquierdas y secesionistas, y le atañe al PP, a la derecha democrática, si no quiere ser arrastrado a la marginalidad. Las circunstancias de unos y otros son diametralmente distintas, pero confluyen en un interés común: superar el desgarro que sufren por sus extremos. Sobre todo, los populares, que, además, habrán de recuperar la ética y rehacer su ideario, así cambien de sede, de siglas y hasta de líder.

La catástrofe del PP en Cataluña, donde Pablo Casado ha quemado gran parte de su ya debilitado crédito, era previsible, muy similar a la que sufrió en 2017, pero el resultado no implica la fuga de su electorado nacional. Todavía no. Lo ocurrido no es extrapolable. La sonora irrupción de Vox en el Parlament y ser tercera fuerza en el Congreso no convierte al partido de Santiago Abascal en firme alternativa de Gobierno. Once diputados en el maremágnum nacionalista tienen escasa capacidad de maniobra. Tampoco la tuvo Ciudadanos con 36 escaños, aunque los verdes se harán más de notar. Vox, que ha cosechado el máximo posible del voto conservador más radical, se consolida en cada elección. Abascal insinúa algo de templanza, pero su nicho no trasciende de la extrema derecha, aunque pueda engrosarse con un porcentaje de votos viscerales según la coyuntura. Más por deméritos del PP que por méritos propios. Su arraigo es ganancia gratuita para la izquierda. La abstención, en la que sin duda ha influido la pandemia, se relaciona con el desencanto que generan las fuerzas constitucionalistas. Votar al PSC era un mal menor.

Los socialistas, Sánchez, detentan el poder sin escrúpulos y, aunque disimulen el grave empacho de compartirlo con quien más les perjudica y se presten al juego populista, saben que con Podemos en el Gobierno las reticencias de las autoridades de Bruselas irán a mayores y nunca conquistarán un espacio de centro suficiente. Tienen aprobados los Presupuestos, cuentan con dinero de la UE, mantienen el apoyo -por temor- de una facción de nacionalistas y el principal partido de la oposición anda pidiendo árnica. El último guiño del jefe del Ejecutivo a Casado tiene que ver con las horas más bajas del PP, pero también es una declaración de intenciones hacia su nocivo aliado. Aunque caben otras lecturas, es más saludable quedarse hoy con ésta. Pablo Iglesias ha roto amarres, espolea la inestabilidad institucional, quiere amordazar a la prensa, respalda a delincuentes y avala disturbios callejeros contra sentencias judiciales ajustadas a la ley. Debe sospechar algo bueno para el país.

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