Los vaivenes políticos sufridos en nuestro municipio, a la hora de administrar nuestros impuestos, han tenido consecuencias que afloran a la luz cada día. Sin casi habernos dado cuenta (o dándonos), nuestros munícipes ignoraron la importancia de preservar lo genuinamente portuense. Nuestro medio ambiente, nuestro patrimonio histórico, nuestro urbanismo, nuestra cultura. En los últimos 20 años, El Puerto, de ser una ciudad tranquila, limpia, habitable, con un horizonte cierto en suma, se ha convertido en todo lo contrario. Decía Cortázar que la cultura es el ejercicio profundo de la identidad. Pues ya, ni eso.

A estas alturas es necesario tener conciencia de que debemos defender lo portuense, lo que somos. Es necesario que decidamos apostar -sin miramientos ni engatusamientos de nadie-, por el mantenimiento a ultranza de la identidad portuense.

Si damos un repaso a la reciente historia local, nos encontraremos con un panorama desolador. Un encefalograma plano -de cosecha propia o heredado-, hace que el pesimismo y la pérdida más absoluta de horizonte, campe a sus anchas.

Se nota en la calle. La desilusión que trasmiten nuestros munícipes está calando en la sociedad portuense, harta ya de tanto descontrol y de falta de iniciativas. En cualquier ámbito en el que te muevas, la percepción sobre la inactividad del Ayuntamiento es la misma. Avanzamos sin dirección. O lo que es lo mismo retrocedemos en relación con otras poblaciones del entorno.

La identidad portuense está tocada. Los vestigios de nuestro pasado desaparecen por intereses que no acabamos de comprender. El equipo de gobierno municipal hace oídos sordos a cualquier sugerencia ciudadana. Es la tónica habitual.

Así las cosas, no es extraño que portuenses y colectivos estén decididos a poner fin a tanto desaguisado. O que al menos lo intenten. No podemos seguir un día más consintiendo que políticos desganados o faltos de sensibilidad acaben con las raíces de nuestra idiosincrasia. Con lo único que tenemos los portuenses.Políticos que en el mejor de los casos no saben donde andan. Y cuando le preguntas donde estaba la calle Lechería o la Cuesta del Carbón (pongamos por caso), se encogen de hombros.

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